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Adiós a los molinos harineros de la cuenca del Río Arque

Por Antonio Rocabado Q.

“…a los pueblos (indios americanos) llevaban el agua por medio de canales que eran verdaderas obras gigantescas. Componíanse de inmensas losas de piedra, perfectamente ajustadas, sin mezcla alguna, que por medio de compuertas dejaban salir la cantidad suficiente para regar las tierras. Algunos de estos acueductos eran sumamente largos tenían de cuatrocientas a quinientas millas de extensión…”

Pedro Sarmiento de Gamboa (1572)

Consideraciones iniciales. La región andina desde la antigüedad más remota tuvo una vocación agraria. La alta cultura andina significó sobretodo una agricultura plena, sustentada en una base de milenios de experimentación y domesticación de plantas.

En Irpa Irpa han colocado unas calaminas para proteger a los molinos, el resto está en franco deterioro

En Irpa Irpa han colocado unas calaminas para proteger a los molinos, el resto está en franco deterioro

En un medio que exige mucho del hombre, el andino fue capaz de sacar admirable partido de su ambiente hasta dominarlo y lograr un desarrollo muy original. El gran desarrollo alcanzado por la agricultura andina se debía a la extraordinaria afición de los aborígenes por el cultivo de la tierra. Los españoles maravillados por esta afición, observaron que incluso los que tenían oficios artesanales interrumpían sus trabajos para acudir a las sementeras, y llegado el tiempo, se dedicaban por entero al cultivo agrícola.

Habiendo sido los habitantes andinos casi totalmente vegetarianos, y en especial granívoros, su preocupación dominante fue la domesticación de gramíneas, tubérculos, y otras especies nativas, así como su cultivo, mejoramiento, recolección, y almacenamiento. En el transcurso de 20.000 años el andino no sólo fijó las características de plantas como el maíz, papa, quinua y setenta variedades más, sino que dio feliz solución a problemas agrológicos e hidráulicos mediante ingeniosos sistemas de cultivo, fertilización y riego. Por ello, no se puede ignorar que muchas de las acequias y canales en actual servicio en varias regiones de Bolivia sean anteriores a la Conquista.

En este contexto histórico, el admirable sistema de canales y acequias aún en servicio en sitios de agricultura intensiva como la amplia cuenca del río Arque, con una extensión cercana a los 2000 Km2, particularmente en los espacios cultivables de piedemonte, en las afluencias del Sopo Mayu, Sayari Mayu, Jankho Khala, y otras 500 quebradas que concurren en la corriente principal, demuestran el conocimiento práctico del régimen de descarga del río Arque y la mejor forma de utilizar sus aguas. Situación que fue aprovechada prontamente por los conquistadores y encomenderos españoles para fomentar las plantaciones de cereales e instalar una larga serie de molinos harineros hidráulicos, cuya tecnología primigenia se remonta al Asia Menor y fue transmitida a Europa por romanos y mozárabes.

Historia de los molinos harineros de la cuenca del río Arque. Estimamos que los tiempos en que se construyeron los primeros molinos hidráulicos harineros en la cuenca del río Arque fueron anteriores al 06 de marzo de 1553, cuando se registra fehacientemente una reunión de Lorenzo de Aldana con Martín de Almendras en Capinota, a la sazón importante pueblo de su encomienda. Los afanes de Aldana se encaminaban ese entonces a una rebelión general de los encomenderos charqueños para resistir a las disposiciones del virrey La Gasca en sentido de limitar el servicio de los indios.

Ese 1553 Aldana tenía 45 años, y fallecería 15 años después, dejando antes, sin embargo, una expresa constancia en la ciudad de Los Reyes, el 15 de noviembre de 1557, mediante una “Carta de Restitución”, una importante donación para los indios de su encomienda consistente en ovejas, ganado bovino, dos solares con edificios, y el “molino de pan moler de Sicaya”, por el hecho de “no haberles dado doctrina y otras causas”.

De estos datos se infiere que la serie de molinos que se erigieron en el corredor principal de la cuenca del río Arque (de un largo aproximado de 77 Km) fue construida antes del año 1600, y funcionaron por más de 400 años, como son los casos concretos de los molinos de la población homónima Arque, de Sicaya, Irpa Irpa, Capinota, Sarcocucho, y otros entre Colcha y Cona Cona, ubicados en las riberas del río hasta la década del 1970.

La construcción de molinos harineros de rueda hidráulica horizontal en la cuenca del río Arque, constituye un factor de producción de indiscutible importancia y amplia utilización para la subsistencia de habitantes de estas comarcas y de los asientos mineros nacionales. Su tecnología esencial proviene de la antigüedad (Vitrubio, siglo I a. D.), y su difusión en América proviene del medioevo español con ingredientes romanos, visigodos, y árabes.

El uso de la fuerza hidráulica parte siempre de una misma base conceptual extendida extraordinariamente desde el medioevo: la aplicación de una fuerza giratoria sobre el curso del agua a partir de la cual la energía se transmite a las piedras o “muelas” encargadas de moler el cereal. El despiece del más sencillo molino de eje vertical comprende palas en contacto con el agua, las muelas de piedra donde propiamente se hace la molienda, las piezas de engarce, y la “tramoya” o tolva que es la caja en la que se deposita el grano para caer en la muela.

La fotografía de la parte posterior de los molinos de Irpa Irpa muestra su absoluto abandono y descuido

La fotografía de la parte posterior de los molinos de Irpa Irpa muestra su absoluto abandono y descuido

Una complicada descripción de las partes de los molinos hidráulicos, que cuenta con una vasta terminología árabe/española, podría ser motivo de un nuevo artículo de molinería o molinología, a elaborarse esencialmente con miras de recuperar importantes partes de los molinos, en el intento ideal de conservar en un museo la memoria histórica de la región, o por lo menos, la de Capinota y sus campiñas, conocida desde tiempos remotos como la comarca más importante de la cuenca.

Entorno de la unidad denominada “Molino”. El molino era una unidad de producción con una serie de elementos que completaban la actividad principal. Todos ellos presentan en sus inmediaciones huertos, pequeñas áreas de pasto, corrales para las recuas de mulas, asnos o llamas que cargaban los productos del harineo, etc. Cuando se enajenaban estas unidades se especificaba con frecuencia precisando el molino con su soto, huerto, cespedera, pedrera, y demás complementos.

Aunque los componentes claves de la tecnología hidráulica de la molienda forman unidad, los documentos mencionan muchas veces la existencia de varias “paradas” dispuestas a lo largo de la corriente dentro de un mismo conjunto. Todo ello para elevar la rentabilidad de la fuente de energía, y en el cuidado de que dicho aprovechamiento del agua no lleve también a competencias con la agricultura de regadío, una limitación en el caso capinoteño que generó toda clase de choques y pleitos.

Denuncias sobre el estado actual de los molinos. A modo de conclusión, en esta oportunidad deseamos denunciar la grave situación en que se encuentra nuestro patrimonio hidráulico, principalmente el representado por sus molinos, acequias, canales y otros componentes, que están siendo derruidos sin respetar su valor cultural, histórico y etnográfico, y que representan, sin duda, un bien cultural vinculado a nuestros pueblos, que son fundamentales para la comprensión de lo que fue la vida cotidiana de nuestros antepasados. Esta clase de monumentos han sido declarados como Bienes de Interés Cultural en la mayor parte de las naciones del mundo, y son respetados.

Agradeceremos la difusión de estas ideas, pues entendemos que la cultura es un asunto a defender por parte de todos los que formamos la sociedad actual. Nuestros ríos están siendo castigados en los últimos tiempos por el caótico desarrollo urbanístico e industrial de las ciudades y la degradación generalizada de los espacios rurales.

El desconocimiento es el peor enemigo que tenemos. Necesitamos inventariar y catalogar nuestros ríos a efectos de conocer y proteger el patrimonio edificado y natural. Debemos conocer el valor de cada una de las construcciones para asignarles algún tipo de protección. Imaginarnos un retroceso a los siglos pasados, cuando aún existía una mayor armonía entre el hombre y los territorios fluviales, acequias, canales y… los molinos, que ya estaban integrados en esos paisajes. Todo un idílico paisaje en un entorno equilibrado.

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Historia de los molinos de Capinota e Irpa Irpa

Por Nelson Paz Claure

Continúa el deterioro de los molinos de Capinota e Irpa Irpa, pese a su valor histórico

Continúa el deterioro de los molinos de Capinota e Irpa Irpa, pese a su valor histórico

Terminada la guerra de la independencia, Bolivia queda libre del yugo español un 6 de agosto de 1825; la gran tarea de reconstruir la Patria comenzó en los cortos periodos de gobierno del Libertador Bolívar y del Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, este último comprobó que las mejores tierras y haciendas estaban en poder de la Iglesia y otras en poder del Estado.

Luego de pequeños interinatos el tercer gobierno llega a ser el del Mariscal de Zepita, don Andrés de Santa Cruz y Calahumana, hombre dotado de grandes virtudes e inteligencia a toda prueba. Apagados los fulgores de las batallas había que comenzar a vivir, edificar la casa, con arquitectura hecha con la ley de Santa Cruz, nacido de madre india y de padre criollo, simbiosis de futuro y de guerrero, gobernante y legislador, fue el quien dio las primeras leyes, que tuvieron vigencia por más de un siglo.

Como Vicepresidente de la República, le acompañaba su leal camarada el General José Miguel de Velasco, quien por haber intervenido en las batallas de Junín y Ayacucho, tenía derecho a percibir una indemnización de guerra: “En premio de lo que le cupo en el millón de pesos decretado por la Asamblea General de Bolivia, a favor del Ejército vencedor de Junín y Ayacucho”. Conforme reza en el acta de adjudicación de los molinos y tierras de Cucuni, Camarani, Cuchu Punata y Saracosi. Es así que cumplidas las diligencias de mensura, inventarios, avalúos y constatación de que se trata de los terrenos vacantes pertenecientes al Estado, el gobierno del Mariscal de Santa Cruz decide adjudicar el fundo en 17.531 pesos, valor de su tasación practicada el 29 de diciembre de 1828 por el perito Francisco María Robles, en favor del Excmo. Señor Vicepresidente de la República General José Miguel de Velasco, no obstante de que este valor era inferior a la deuda que el Estado reconocía en favor del héroe, quien toma posesión de la finca por medio de su apoderado el Dr. Miguel Salguero y Claure, expresada su conformidad y declarando saldada su cuenta en su memorial de 27 de julio de 1829, corrientes a fojas 12 del expediente relativo.

Cabe recalcar que la propiedad comprendía también Taracollo serranía próxima a Orcoma, Yuruni, Perigallo, Paicori, Saracosi o Jaracosi.

Antes de instalarse en la hacienda el General vivió un corto tiempo en Capinota en la calle de la Iglesia, la tercera casa contando de la plaza 15 de Agosto, hasta que se habilite la casa hacienda que estaba frente a los molinos de cuatro paradas (un edificio con cuatro molinos), y comenzó la explotación de las fértiles tierras de lo que hoy se conoce como Irpa Irpa, hasta el advenimiento de su muerte en su tierra natal de Santa Cruz de la Sierra, el 13 de octubre de 1859. Fue Presidente de la República en cuatro oportunidades. Posteriormente, la familia Velasco a través de sus legítimos herederos continuó explotando los molinos y tierras de Cucuni, sufriendo el original fundo divisiones y subdivisiones como consecuencia de sucesiones hereditarias; algunos miembros de esta familia sentaron raíces en Capinota como la señora Elena Velasco de Wichthendall Velasco, que poseían la propiedad de Apillapampa.

Los famosos molinos de Cucuni que son parte de la historia de Capinota y lógicamente de Irpa Irpa, están emplazados en un lugar estratégico del Valle Bajo, tuvieron influencia en la economía de la región y no es exagerado afirmar que en aquella época lo era todo para el poblador de la zona, pues de la transformación del grano en harina se tenía para negociar el sustento de la familia, en la elaboración del pan de cada día, para hacer el muck’u, huiñapu, khako para la chicha.

Un siglo después de la adjudicación de la hacienda Cucuni y de los molinos por el general Velasco,  en 1928, hallándose esta propiedad en trance de remate por insolvencia de su propietario señor Alfredo Suárez, que debía al Banco Hipotecario de la ciudad de Cochabamba, aparece el ciudadano Don Vitaliano Ledesma Guzmán, coronel del Ejército boliviano nacido en Irpa Irpa, este coronel acababa de conseguir su jubilación después de una brillante carrera como agregado militar en las embajadas de Brasil, España, Francia, Alemania, declarado benemérito de la guerra del Acre y del Chaco, pese a estar en muchos lugares del mundo prefirió volver a su tierra natal e invertir sus ahorros de toda su vida en la adjudicación de los molinos y terrenos pertenecientes a esta hacienda.

El Coronel Ledezma pese a estar jubilado volvió a la campaña del Chaco, donde a su retorno trae consigo 50 presos paraguayos (patapilas) contingente este que trabaja en la hacienda, fungiendo de herreros, albañiles, carpinteros, etcétera, mismos que transformaron la hacienda en una de las mejores de la cuenca del río Arque.

Cuando llegaban las lluvias paraban los molinos para su mantenimiento y era esta época que aparecían los “llameros” que eran campesinos del altiplano que traían productos propios de la puna, para el trueque con productos del valle, estos incluso llegaban hasta el Valle Alto, las 500 o más llamas cargaban sal, pito cañahua, chuño, charque de llama, etc. Y cambiaban con maíz especialmente hacían etapa en Capinota e Irpa Irpa, hacían harinar en los molinos del lugar lo del trueque y retornaban al altiplano, estas llamas nunca salían del río pese al invierno que era la época que aparecían los llameros en las calles del pueblo para ofrecer sus productos; lamentablemente, el progreso dejó atrás la importancia de los molinos que ahora están en ruinas y las autoridades poco o nada hacen para restaurarlos y que podrían ser un atractivo turístico y seguirían trayendo dinero a sus pobladores.

Anotamos, finalmente, que la construcción de los molinos de Sicaya, Palermo, Irpa Irpa y Capinota se hizo por orden del capitán Lorenzo de Aldana, dueño del repartimiento de Paria, al que pertenecían Capinota y las poblaciones antes nombradas.

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Artículo de Humberto Guzmán sobre Capinota

El conocido intelectual Humberto Guzmán Arce, solía visitar Capinota en sus años de juventud, según su propio relato, que lo transcribimos más abajo. El Diccionario Cultural Boliviano, dice que Humberto Guzmán Arce nació en Cochabamba, en 1907, y falleció en 1994.  Era Abogado, político, periodista, narrador y novelista. Fue declarado ‘Maestro de la juventud’ en 1954, fue Fundador y director de la Sociedad de Escritores y Artistas de Bolivia (1938-1955), además de Miembro de la Academia Boliviana de la Lengua.

Porfirio Díaz Machicao escribió sobre él lo siguiente: “Prosa depurada y bella. Ha revelado con emoción la vida selvática y cuando pone el toque descriptivo en el valle, su tierra, es maestro”.

Sobre Capinota escribió el siguiente artículo, que estimamos fue escrito en la década de los treinta. Nos da una idea cabal sobre la geografía y algo del movimento inelectual del pueblo en esa época.

 

CAPINOTA A TRAVÉS DE LOS RECUERDOS DE MI JUVENTUD Y

DE MI INFANCIA

Por Humberto Guzmán Arce

El año 1914 se iniciaba la construcción de la ferrovía de Oruro a Cochabamba, cuando la comunicación entre ambas ciudades se mantenía con los servicios de los destartalados vehículos llamados “diligencias” que circulaban por la angosta carretera que pretendía vencer las ríspidas serranías de Arque, Tapacarí y Changolla para aproximarse a la altipampa de Oruro.

Si bien los pasajeros de los viejos rodados que arrastraban las cuadrigas de mulas, se sobreponían a la desazón y a las incomodidades del viaje, ante el ilusorio afán de salir al extranjero o por lo menos visitar el centro político de La Paz, en cambio aquellos otros pasajeros que hacían el viaje de retorno a sus lares cochabambinos, consideraban que el calvario al que fueron sometidos tocaba a su fin al llegar a Capinota, cuya plácida campiña era llamada por algunos poetas “alivio de caminantes”, porque los fatigosos peregrinos podían hallar en ella sosiego y hospedaje, disfrutando de los afamados vinos de la bodega de la “Viña Vieja”.

El interés de los escritores del país, que venían a residir temporalmente en el rincón más plácido de los valles cochabambinos, procedía de la mágica atracción de la naturaleza del tríptico paisajista de Capinota, Playa Ancha y Buen Retiro, que ejercía su influencia telúrica y estética sobre el estado de ánimo de aquellos hombres...

El interés de los escritores que venían al rincón más plácido de los valles cochabambinos, procedía de la mágica atracción del tríptico paisajista de Capinota, Playa Ancha y Buen Retiro, que ejercía su influencia telúrica y estética en su estado de ánimo…

Después de dos décadas volví a Capinota, cuando el tránsito ferroviario había cobrado inusitada actividad con el transporte de la producción agrícola de Cochabamba hacia los centros mineros y hacia el mercado de consumo de la sede de gobierno nacional. Encontré en Capinota las amplias instalaciones de la estación principal de Buen Retiro que aceleraba el tráfico en toda la extensión de la línea ferroviaria a Oruro, y hallé también la organización de la industria vitivinícola que había reunido a varios técnicos de la comunidad italiana, que vinieron a establecerse en la amena campiña de Capinota, cuyo clima de tibieza sin letargo y cuyo panorama luminoso de vides y cultivos, había cobrado merecida fama para atraer a los poetas y escritores de La Paz y Oruro, que venían a disfrutar temporalmente de la amena placidez de aquel rincón del valle cochabambino.

Este fue el motivo que me indujo a renovar mis viajes a Capinota, para frecuentar mi relación con don Juan Francisco Bedregal y su hija Yolanda, con José Eduardo Guerra y Josermo Murillo Vacareza, y tantos otros escritores que se congregaban en aquella campiña durante el periodo de sus vacaciones anuales.

Y al hacer una afectuosa referencia a estas figuras representativas de las letras bolivianas, no podré olvidar a mi dilecto amigo y fraternal compañero de aulas don Víctor Urquieta Frontanilla, con quien estudié el curso de humanidades en el Colegio Bolívar de mi ciudad natal. Dotado de una capacidad crítica afinada para seleccionar las mejores obras de nuestras letras, Víctor solía acudir solícitamente a mi residencia para proponerme temas de prolongada conversación que solían concluir en el intercambio de los libros de Jaime Mendoza, Alcides Arguedas, Armando Chirveches y otros autores que estaban en boga en aquella época, por haber renovado la corriente romántica con el predominio de la tendencia realista que enriqueció la narrativa boliviana.

Con el correr de los años vengo a comprender que la inquietud intelectual de Urquieta, a la par que el interés de los escritores del país, que venían a residir temporalmente en el rincón más plácido de los valles cochabambinos, procedía de la mágica atracción de la naturaleza del tríptico paisajista de Capinota, Playa Ancha y Buen Retiro, que ejercía su influencia telúrica y estética sobre el estado de ánimo de aquellos hombres que supieron aprovechar los momentos de lucidez interior para seguir ensanchando con ahínco el patrimonio de su cultura.

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“Opinión” pide disculpas frente a aclaración sobre la historia de Capinota

El diario “Opinión”,  que el 14 de septiembre denominó a Capinota “tierra los locos”, tuvo que pedir disculpas por su desacierto histórico. Claro que lo hizo en una “Nota de Redacción” de letra muy menuda en el suplemento que dedicó a Capinota en su aniversario y  a raíz de este acontecimiento (29/09/12). En la página 3, en seguida del artículo de Antonio Rocabado Q., quien lo envió precisamente con el fin de aclarar el entuerto, el periódico escribió textualmente lo siguiente: “Con estas precisiones históricas queda claro que en Capinota no se construyó ningún psiquiátrico, como se mencionó en este diario en un suplemento del 14 de septiembre pasado, tampoco se conoció apelativo alguno respecto a sus pobladores. De este modo pedimos las disculpas del caso”.

Como el artículo mencionado fue decapitado en gran medida para introducir esta disculpa, consideramos oportuno transcribirlo íntegramente, junto con la carta que lo acompañaba:

 Precisiones históricas sobre la locura de los capinoteños

 Por: Antonio Rocabado Quevedo

“Según crónicas históricas, Capinota tuvo uno de los primeros hospitales de lo que hoy es Bolivia. El nosocomio fue un legado del conquistador español Lorenzo de Aldana quien mediante un testamento realizado en 1568 ordenaba la organización de una obra pía a la que llamó “Comunidades y Hospitales de Paria” a favor de los indígenas originarios de su legendario repartimiento Paria-Capinota en compensación por los abusos, exacciones, y falta de adoctrinamiento religioso.

El capinoteño es laborioso y querendon de su tierra; se reune cada Primero de Octubre para festejarla

La obra pía fundada por Lorenzo de Aldana estaba conformada por dos tipos de fondos: a) el primero, destinado para sostener dos hospitales para los indios de su encomienda; y b) el otro, integrado por un conjunto de bienes denominados “Comunidades de Paria”.

La administración de ambas rentas fue asignada al Provincial de la Orden de San Agustín y al Prior de Challacollo (Oruro) y Capinota (Cochabamba) quienes se constituyeron en patrones de la obra pía desde 1571 (tres años después de la muerte de Aldana) hasta la creación de la República de Bolivia.

Aldana para el mantenimiento de los hospitales había legado 2.000 ovejas de castilla hembras y, además, había dispuesto que dos de sus esclavas, Juanilla y Frasquilla, atendieran al hospital de Capinota. Ambos hospitales (Challacollo y Capinota) fueron declarados herederos universales de su inmensa fortuna y, como tales, debían recibir, después de la muerte de Aldana, el dinero procedente de la venta de todos sus bienes en forma de censo al quitar a razón de 14.000 maravedíes el millar de acuerdo a la Pragmática de su majestad (7%).

El objetivo final de esas rentas era solventar los gastos de los hospitales (camas, medicinas, etc.) y el sobrante distribuirlo entre los indios pobres, enfermos o impedidos de su encomienda conforme al criterio de los frailes. El propósito de los hospitales era la ayuda mutua y caritativa a los indios pobres, enfermos o impedidos del repartimiento, la instrucción religiosa y conversión, pero también, indirectamente, fueron agentes de cambio y transformación cultural.

En términos generales, continuaban con la tradición de los hospitales medievales europeos a cargo no sólo de del cuidado de los enfermos sino también de la protección de los pobres, huérfanos y peregrinos. Para esa época, el concepto de pobreza expresaba carencia o insuficiencia de bienes materiales asociados a situaciones de dependencia y de debilidad. En esta categoría entraban no solo los que no tenían nada, sino también aquellos cuyos bienes no rendían lo suficiente para vivir.

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Símbolos o emblemas de Capinota: la heráldica de su escudo de armas

Por: Ing. Antonio Rocabado Quevedo

Diseño del escudo de armas de Capinota que sirvió para la construcción del vitral en el Concejo Municipal

Capinota es una de las poblaciones prehispánicas más antiguas de Bolivia. Existen varios documentos históricos que prueban que Capinota ya estaba constituido como un “pueblo de yndios” antes de la otorgación del repartimiento de Paria-Capinota al encomendero Lorenzo de Aldana en 1548.  Actualmente, por el número de habitantes de la circunscripción municipal, y  particularmente, si se concretan algunas acciones gubernamentales que devuelvan al poblado el preponderante rol que siempre tuvo en la época pre-colonial, como un estrecho nexo natural entre muchas poblaciones indígenas del norte de Potosí y los valles de Cochabamba, en pocos años, podría nuevamente asumir el rango de una estratégica población intermedia. 

En este contexto, de cambios vertiginosos y de rápido desarrollo local, nos referiremos al importante tema relacionado con la identidad regional y la manera heráldica de evocar a Capinota, como es el caso de los emblemas provinciales vigentes: escudo de armas, bandera e himno capinoteños.

Con esta intención específica, nos abocamos a la búsqueda de información sobre estos aspectos referidos a Capinota, recurriendo primero –al azar– a algunas librerías de la ciudad de Cochabamba, y entonces, quedamos realmente sorprendidos (por no decir estupefactos)  con los datos que se divulgan sobre la realidad económica, política y cultural de la “Provincia”.

Así, por ejemplo, se venden láminas impresas para escolares con datos totalmente disparatados e irrisorios, como la Lámina Nº 533 titulada “PROVINCIA DE CAPINOTA (POLÍTICO-TURÍSTICO)”, de Editorial Universo, en cuyo reverso se tienen recuadros explicativos subtitulados “Escudo y Bandera de la Provincia de Capinota”, que describen las figuras y donde se lee textualmente lo siguiente:

El escudo de armas está dividido en tres partes. En la parte superior se encuentra un sol de fondo con un montículo en el cual descansa una chola. Abajo en el sector izquierdo en un fondo tricolor se encuentra un papiro donde esta escrito una inscripción. A la derecha se encuentra un paisaje verdoso de la zona. En la parte baja del escudo se encuentra una rama de laurel y olivo, junto a una cinta tricolor. Arriba del escudo se encuentra una cinta celeste y blanco.”

“….La bandera de la provincia Punata está dividida en dos franjas. La superior de color celeste y la inferior de color blanco. El celeste representa el cielo puro de la provincia y el blanco en señal de paz.”   

Por otra parte, a su vez, la H. Alcaldía Municipal de Capinota, desde hace bastante tiempo atrás, viene haciendo gala de proverbiales improvisaciones, encargando impresiones de afiches, programas, e incluso invitaciones para festejos nacionales y locales con una variedad de diseños del escudo provincial que nada tienen de formales y menos todavía de oficiales.

No obstante de todo lo anterior, existe una versión del escudo de armas de Capinota que en los últimos años se la utiliza asiduamente y que aparentemente surgió por iniciativa del ex Alcalde Don Tito Azero Morales, quién habría  contratado por el 1981 los servicios de unos arquitectos de Cochabamba para el diseño de un escudo. Posteriormente, durante la gestión del Sr. Salomón Saba Pardo, el año 1988, su hermano César, tuvo la feliz ocurrencia de construir el escudo de armas, o su similar, en la ladera del cerro donde se sitúan las principales unidades educativas locales, al frente del Parque Abaroa. El emblema todavía se conserva en condiciones aceptables (a pesar del gamberrismo de los escolares que lo utilizan como tobogán).

El blasón de marras, el más comúnmente empleado por la Alcaldía capinoteña, es un escudo de forma inglesa, angulado con la cima prolongada en esquinas horizontales, y una punta inferior. Consta de tres divisiones o puntos: el punto de honor con un sol radiante que ilumina un racimo de uvas negras; el flanco diestro muestra un escrito sobre un rollo con la inscripción “Capinota 1º de Octubre”; y el flanco siniestro aparece con el cerro de Pokotaica, detrás del cual sobresale una chimenea para significar la industria cementera de Irpa Irpa; en las faldas del cerro se tiene un campo verde donde crece un árbol (probablemente un molle), y en esta ladera también se ubicó un cántaro que simboliza posiblemente la chicha o el guarapo como típicas bebidas del pueblo.

Para completar el escudo, debajo la punta inferior, a manera de divisa o emblema, se ubica una cinta con la tricolor nacional de la cual surgen, en arco, dos ramas: una de vid y la otra al parecer de laurel. En la parte superior encima del blasón, donde corresponde heráldicamente al timbre, se dispuso otra cinta, esta vez bicolor: celeste y blanco, colores que generalmente se reconocen como los de la bandera capinoteña.

Por su parte, el autor del presente artículo, cuando ocupaba el cargo de Oficial Mayor Técnico de la Alcaldía Municipal el 1994, y en ocasión de la remodelación total del Mercado Municipal, también tuvo la idea de diseñar otra versión del escudo de armas capinoteño, con elementos del escudo de César “Chechi” Saba P., y con esmaltes y figuras similares a las de un escudo existente en un edificio comercial de la ciudad de Puebla, México.

Este escudo está ubicado encima la entrada del Mercado, con propósitos meramente decorativos y se plasmó en una vidriera encargada a un especialista de este arte, cuyo taller de vitrales estaba cerca al Colegio La Salle de Cochabamba, por un costo aproximado de 400.-$USD. Este escudo, sin duda, ha contribuido a la vez a preservar los rasgos generales del escudo de 1981.

El escudo está hecho con piezas de vidrio de colores que se sujetan con tiras de plomo y se montaron en un bastidor de metal. El efecto de las vidrieras depende de la luz que dejan pasar a través de los cristales traslúcidos (arte de ‘pintura con luz’). De este modo, el escudo (vitral) es más impresionante desde el interior del recinto, o sea, desde la sala que inicialmente estaba destinada para reuniones rutinarias del Concejo Municipal (Ver fotografía adjunta).   

El popular basketbolista Chuncho Verduguéz posando a contraluz del vitral del Concejo Municipal

En suma, la forma, detalles, color, significado, elementos y tamaño del escudo de armas de Capinota han sido utilizados abusivamente a criterio y capricho de las instituciones y personas, sin que en su momento nadie diga nada, y peor todavía, con el silencio de las autoridades.

Pese al arbitrio anteriormente descrito, consideramos que el asunto debe merecer alguna preocupación, buscando oficializar un escudo que exprese la simbología de la Provincia, para lo que debe recurrirse a su propia historia. Lo mismo podemos decir con relación al escudo de armas boliviano, que sufrió una serie de distorsiones respecto del escudo original aprobado por una Ley específica; y, también, de la mayoría de los escudos de las provincias de Cochabamba y del país entero, que tienen escudos a cual más absurdo y sin el cumplimiento de las más elementales reglas de la Heráldica, ciencia que actualmente se constituye en auxiliar de la historia.

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Iglesia de Capinota adquiere apariencia de una gruta escondida

Por Antonio Rocabado Q.

Iglesia principal de Capinota al inicio de la edificación adyacente de varios pisos (detrás de las calaminas). Visual desde una esquina de la plaza 1º de Octubre.

Las fotografías adjuntas al presente escrito son suficientemente claras y conmovedoras, como para ilustrar lo que actualmente sucede con muchas construcciones urbanas de Capinota, que al influjo del aumento de población y de recursos económicos, se producen resultados desastrosos en materia de preservación de importantes valores estéticos. 

En la primera fotografía adjunta, tomada al inicio de la construcción del edificio aledaño a la principal Iglesia Católica de Capinota, y que tendrá varios pisos de elevación, todavía se podía apreciar la fachada completa del santuario, e incluso, aun se podía divisar al fondo la silueta del emblemático cerro de Pokotaica. 

En la siguiente fotografía, el edificio señalado que se erige adyacente a la Iglesia, en el predio que fue de la familia de Don Darío Márquez, al avanzar constructivamente hasta tres pisos en pocos meses, definitivamente, ya no permite una visual íntegra de la fachada del templo católico. 

La iglesia de Capinota desde el mismo sitio de toma, tras la ejecución de tres pisos de la construcción adyacente. Evidente estorbo para la visión del templo.

Esta curiosa situación de caótica permisividad de construcciones elevadas alrededor de la Plaza “1º de Octubre”, de licencias constructivas sin consideración alguna a un ordenamiento de elevaciones y de estilos arquitectónicos, sin duda, conducirá indefectiblemente a que estructuras primigenias del centro urbano, como el caso del templo de Capinota, luzca cada  vez más alejado de la plaza. Y adicionalmente, en el estado actual de acontecimientos, existe la inminente posibilidad de un nuevo edificio de varios pisos en el otro terreno colindante al templo. En tal caso, la Iglesia de Capinota quedaría irremisiblemente más escondida aún, en el fondo de un callejón, cual si fuera una recóndita y recatada gruta. 

La Iglesia de Capinota, es una edificación monumental para los estándares locales, se rigió por la clásica norma de disponerla cerca de uno de los contornos de la plaza principal. Incrustada o adosada estrechamente entre otras edificaciones, permite un acceso despejado a la puerta principal, favoreciendo la afluencia de fieles hacia una larga entrada para las procesiones, y con esto, se procuró obtener una plaza más amplia delante de la puerta principal del templo. 

Emplazado de esta manera el santuario, en un sitio poco frecuentado del centro cívico capinoteño, como  esquivando las direcciones de tránsito, y así mismo evitando el tráfico por los ejes del centro de la plaza, se logró una multiplicidad de agradables impresiones artísticas. Así ubicado el templo, estuvo mucho tiempo sin obstrucciones a la libre dirección visual, como aquellas de los frondosos árboles que alguna vez crecieron en la plaza a la usanza colonial, y que para algunos fieles de la iglesia perturbaban el pleno goce de la fachada del templo.  

La fachada de la Iglesia de Capinota tiene un estilo dominante gótico, con algunos caracteres del Renacimiento español. Este estilo fue impuesto nítidamente en su última construcción que fue renovada en diversas ocasiones, y esto sucedió a mediados del siglo pasado, al influjo de un aggiornamento de la curia romana que reemplazó el fastuoso ornato de las iglesias católicas, particularmente de su interior, antes decoradas conforme al gusto churrigueresco de sus retablos, que tuvieron gran éxito en Sudamérica.

La portada del templo está configurada como una torre de homenaje dominante, donde el material es fuerte cantería que le da un tono de austeridad majestuosa. Consta de dos cuerpos robustos sobre los que descansa un campanario de base cuadrada con un total de 12 ventanas abiertas en forma de arcos apuntados y una cubierta de pabellón con faldones triangulares rematados en una esbelta cruz latina metálica. En la vertiente frontal de la cubierta está colocado un costoso reloj alemán marca “Junhans”, donado por el club de Leones capinoteño del 1972 y que nunca funcionó por falta de un adecuado mantenimiento.  

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Un sorprendente viaje de Capinota a San Pedro de Buena Vista

Por Antonio Rocabado Q.

A la distancia se aprecian las plantaciones de tumbo, en las afueras de Apillapampa

Al finalizar el pasado año 2011 y por razones de trabajo, tuvimos la grata oportunidad de realizar un viaje de sorprendente singularidad paisajística. El trayecto, que resultó una auténtica rareza desde el punto de vista histórico, cultural y magníficas panorámicas, fue recorrido en camioneta en unas 4 horas de travesía, partiendo desde la plaza principal de Capinota hacia el antiguo pueblo potosino de San Pedro de Buena Vista, actual capital de la provincia Charcas.

El típico paisaje de montaña comienza con un acceso en subida relativamente fácil de 20 Km, a partir de Yatamoco –-al frente de Capinota— hasta Apillapampa, ahora denominada “Capital del Tumbo” por la profusión de terrenos destinados al cultivo de esta deliciosa fruta. El progresista pueblo de Apillapampa fue un importante enclave aimara donde particularmente en sus alrededores prevalecen viviendas con tipología constructiva andina, y el pueblo mismo, adosado a una colina, resulta desparramado en tortuosas callejuelas empedradas. El sendero atraviesa el poblado por una angosta calle adyacente a su plazuela central, y se vienen  unos 15 Km de varias fatigosas cuestas y curvas que hacen el peor trecho de todo el camino, hasta alcanzar el sitio llamado Kallawi, donde existe un hito que se constituye en el límite territorial entre Potosí y Cochabamba. 

El paisaje se hace más intenso bajo el implacable sol del mediodía y su brillantez amenaza con enceguecernos. De la empinada ubicación de Kallawi comienza una formidable bajada para llegar a Iturata, un remoto tambo de aprovisionamiento forrajero de los viajeros en acémilas de la época colonial, que partían de Chuquisaca a Cochabamba o viceversa. Iturata se ubica en la confluencia de ríos que son las cabeceras del rio Sopo, el cual corre al norte hasta desembocar en el río Arque, en las inmediaciones del pueblo capinoteño de Sicaya.

Desde la bajada a Iturata puede divisarse el legendario cerro de Mallcocota, cuya mina tuvo su apogeo en la época colonial cuando los españoles explotaron oro y plata. La mina alguna vez tuvo también un ingenio minero para el proceso extractivo de los minerales. La afanosa explotación minera de plata por mucha gente ávida de mejor porvenir abarcó hasta fines del siglo XIX, y posteriormente sobrevino el abandono, aunque recientemente se habla de una intensiva reactivación de la explotación minera a cargo de inversiones extranjeras.

De Iturata el camino a nuestro destino final transcurre paralelo y en contracorriente al cauce de uno de los tributarios señalados, y después de recorrer 12 Km, llegamos al cruce con la carretera interdepartamental Uncía-Acacio-Anzaldo-Cochabamba, en un sitio cercano a la localidad de Sakani. Ya por el camino potosino, en buen estado de mantenimiento, a los 10 Km arribamos a otro cruce de caminos llamado Huaylloma, y allí, abandonamos esta plácida vía interdepartamental que prosigue en dirección a Acacio, al puente sobre el río Caine, y a la ciudad de Cochabamba. En Huaylloma tomamos el desvío y nos precipitamos por una prolongada pendiente de 30 Km hasta San Pedro de Buena Vista, que siempre quisimos conocerlo recorriendo este nuevo trayecto que sale de Capinota, y nos alegra la oportunidad de visitarlo nuevamente.

La carretera de acceso a San Pedro, está emplazada en el largo declive Norte-Sud que va más allá del poblado, y se recorre por la orilla oriental del curso principal del río San Pedro, emblemático de la zona, que más parece una gigantesca torrentera con numerosos conos aluviales de deyección de material denudado de las montañas aledañas, predominantes en todo el territorio. Esta vista general nos permite apreciar la imponente y típica topografía de la comarca. 

El autor frenta a la casa de la familia Rocabado en San Pedro, donde se imprimieron los primeros periódicos de la región

En San Pedro de Buena Vista todo tiene una historia, y no faltan rincones del pueblo que no escondan alguna fábula relatada por sus habitantes, por eso, para entenderlo y vivirlo también hay que escuchar. Y mirar.

Para nuestra buena fortuna, apenas llegamos a la plaza principal del pueblo nos encontramos con el Ing. Cándido Pastor, pariente nuestro y conocido sanpedrino considerado uno de los pioneros del Parque Tunari de Cochabamba, quien, casualmente, estaba en su tierra natal también ofreciendo su colaboración profesional a las autoridades locales.

El Ing. Pastor nos guió y relató varias historias antiguas de la zona, como el hecho de que San Pedro tenía importantes Estrados Judiciales donde se ventilaban pleitos resonantes de todo el norte de Potosí. Dada esta situación, era residencia de muchos abogados de renombre y su gente joven por lo general se marchaba a estudiar Derecho a Sucre. La actividad intelectual pudo ser notable, habiéndose, incluso, logrado disponer de una imprenta adquirida en Sucre por el Dr. Rodolfo Rocabado, en la cual, se imprimieron otrora varios periódicos locales (“El Sol”, “El Loro”, y “La Aurora”).

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