Convento agustino se fundó en Capinota en 1559

(La Orden de San Agustín en Bolivia, escrito por Hans van den Berg, OSA, en http://www.oala.villanova.edu/historia/bolivia.html)

Toda la existencia de San Agustín y toda su actividad pastoral fueron dirigidas e inspiradas por dos principios básicos, los mismos que, siglos más tarde, han sido adoptados por la Orden que se fundó bajo su nombre e inspiración: servir a la Iglesia donde ella lo necesitara, y la convivencia entre hermanos. Desde aquel día del año 391, en que la comunidad católica de Hipona le llamó y esto contra su voluntad, a ser su sacerdote, Agustín se volvió hombre de Iglesia con todo su ser y con todas sus capacidades. Se llamaba “servidor de los servidores de Cristo” e hizo del servicio a la Iglesia y de la atención de sus necesidades el centro de sus pensamientos y de sus actividades. De forma tajante presenta su concepto de servicio a unos monjes cuya vida ociosa no podía apreciar mucho: “Les exhortamos, hermanos, a que se mantengan a sus compromisos y perseveren hasta el fin. Si la Iglesia reclama su concurso, no se lancen a trabajar con orgullo ávido ni huyan del trabajo con torpe desidia. Obedezcan a Dios con humilde corazón. Y no antepongan su ocio a las necesidades de la Iglesia”(1). Pero, ya en ese día de su ordenación sacerdotal puso una condición a la realización de su labor pastoral: poder continuar su vida cenobítica, porque consideraba la convivencia fraterna, la vida comunitaria como la base necesaria para poder servir a la Iglesia. Por el orar y meditar diariamente entre hermanos, por el respetarse y amarse a nivel de la pequeña comunidad, por el soportar la carga de los con quienes uno convive, y por el compartir los bienes materiales, uno aprende a orar y meditar con la Iglesia grande, a amar a su grey, a soportar la carga de sus feligreses y a compartir con los necesitados. Es así que Agustín hace de la fraternidad la base de su existencia y el punto de partida y de llegada de su actividad pastoral.

 Muchos de los que en los siglos después de la muerte de san Agustín se dejaban inspirar por su persona y se juntaban en comunidad basándose en su Regla, desatendían la dimensión eclesiástica de su personalidad y se limitaban a seguir su ejemplo de vida fraterna, pero, cuando en el siglo XIII se fundó la Orden de San Agustín, sus primeros miembros, conscientes de las grandes necesidades de la Iglesia de su época, de modo especial a nivel pastoral, combinaron nuevamente los dos principios básicos de la vida de su inspirador: la vida fraterna como condición para poder servir a la Iglesia, y el servicio a la Iglesia como manifestación de la vida fraterna.

 Con esta espiritualidad vinieron los primeros agustinos a Bolivia, en los años cincuenta del siglo XVI, anteponiendo las necesidades de la Iglesia a su propia comunidad. Solicitados por el encomendero Lorenzo de Aldana, entraron en el mundo de los aymaras y de los urus que vivían en los actuales departamentos de Oruro y de Cochabamba. Allá fundaron sus primeros conventos, a saber en el año 1559: los de Chacllacollo, Toledo y Capinota. Recién algunos años más tarde se establecieron también en las ciudades de La Paz y Charcas, en el año 1562.

 Los agustinos, igual que los otros evangelizadores de su época, estaban formados con un concepto de cultura que se deja explicitar con el siguiente esquema: los verdaderos civilizados se encuentran en las ciudades; alrededor de las ciudades están los campesinos, que tienen menos cultura que los ciudadanos. Los que viven más allá de los campesinos (en bosques, montañas u otros lugares inhóspitos) no tienen cultura: son bárbaros o salvajes. Conforme a este esquema se interpretaba también el grado de cristianismo o el grado de receptividad para el Evangelio. Ahora bien, esos misioneros agustinos encuentran en el Altiplano a los campesinos aymaras y no tienen problema de atribuirles cierta civilización y por eso cierta capacidad de ser evangelizados. Pero, cuando descubren que en el lago Poopó vive gente en medio de los totorales (los urus), llegan al límite de sus posilibidades de adaptación: es imposible predicar el Evangelio en este lago.

 Primero hay que sacar a esta gente del lago, enseñarles cómo vivir en tierra firme (es decir: civilizarles) y recién se puede evangelizarles. Con respecto a esta hazaña dice Antonio de la Calancha, el más famoso cronista agustiniano del siglo XVII: “(Nuestros hermanos) no pretendían convertir hombres sino salvajes, y por esto se puede entender gramaticalmente lo que Cristo nuestro Redentor dijo a sus Apóstoles, y en ellos a los Predicadores del Evangelio, que los haría pescadores de hombres”(2). Sin embargo, lograron integrarse en aquel ambiente y empezaron a convertir su primera doctrina, la de Paria, “en una empresa industrial y agropecuaria de notable potencial; su acción misional quedó teñida por la preocupación asistencial y, aún, por la de una incipiente estación experimental rural”(3). Al mismo tiempo, se enteraron detalladamente de todos los aspectos de la religiosidad autóctona, y, a pesar de rechazarla, se dejaron, tal vez inconscientemente, inspirar por ella, poniendo las primeras bases para una teología aymara, como se puede descubrir en las obras del agustino chuquisaceño Antonio de la Calancha y del huamanguino Alonso Ramos Gavilán, ambos teólogos y grandes conocedores del Altiplano boliviano(4).

 En la época colonial se discutía ampliamente sobre la cuestión, si la Buena Nueva ya había llegado a ese continente en la época de los Apóstoles: ¿alguno de los apóstoles ya había estado en América? Fue importante contestar esta pregunta, en especial en relación con otra cuestión: ¿cómo hay que juzgar a los indios: como totalmente bárbaros o como personas humanas ya un poco civilizadas? En cuanto a estas cuestiones había dos tendencias: por decirlo así, una negativa y una positiva. La primera afirma que los indios son tan brutos y bárbaros, que es totalmente imposible que cambién sin que hayan escuchado el Evangelio. La otra tendencia presenta esta cuestión en forma inversa: los habitantes de los Andes ya han sido evangelizados en el pasado y de esta evangelización se puede observar todavía algo, aunque se han degenerado después.

 Esta última convicción es defendida en especial por los agustinos, y su cronista Calancha trata en su obra detalladamente esta problemática. Calancha presenta dos argumentos principales para defender su tesis. En primer lugar, argumenta que se dejan encontrar en la Sagrada Escritura pruebas para una evangelización de América en la época apostólica. Y en segundo lugar, en América misma se pueden encontrar todavía vestigios que evidencian que uno de los apóstoles ha estado aquí y ha predicado en este continente. En cuanto a este último, Calancha y otros recogen una fascinante tradición precolombina de los Andes, a saber: la tradición sobre el héroecultural Tunupa, de quien se relata que había caminado en el Altiplano como una especie de predicador penitencial, exhortando a la gente a convertirse y llevar una mejor vida moral. Según los misioneros, este Tunupa habría sido el apóstol Santo Tomás. Ahora bien, la tradición sobre este ‘profeta’ andino era todavía vigente en la época colonial, y concretamente, en la región que había sido entregada a los agustinos para su labor evangelizadora. Por eso, no es sorprendente que han sido justamente los agustinos los que han defendido con mayor fervor la convicción de que en especial los aymaras (los habitantes de aquella región) ya habían escuchado la Buena Nueva en la época de los apóstoles. Desde esta convicción, Calancha elabora su teología de la reevangelización.

 Una vez aceptado que los habitantes de los Andes ya habían sido convertidos al cristianismo en la época apostólica, se presenta la cuestión de cómo ha sido posible que de nuevo se habían alejado del cristianismo. La respuesta es muy simple: Satanás tiene la culpa de esto. El razonamiento que se construye en cuanto a esto es curioso y simplista: cuando Europa llegó a ser totalmente cristianizada, ya no había campo para Satanás. El, entonces, se trasladó a América y logró borrar todos los vestigios del cristianismo. A base de la observación de determinados elementos de la religión de los indios de los Andes, Calancha saca la conclusión de que estos elementos son restos de la evangelización realizada en la época apostólica: “De más de las estatuas de piedra y oro que dijimos, en que daban a entender tenían noticia del misterio inefable de la Santísima Trinidad, les quedó noticia del Santísimo Sacramento del Altar, de la adoración de la Cruz, de la confesión de pecados al oído del Sacerdote, del agua bendita y las ceremonias del bautismo. Creían la inmortalidad del ánima, y que había premios y castigos para los malos y buenos después de esta vida, y diferentes sillas y lugares para las ánimas en el otro siglo. Observaban el orar por los muertos, y tenían por virtud el ofrendar por los difuntos. Ayunaban,.. guardaban las fiestas sin hacer obra corporal”(5). Esta interpretación de la religiosidad autóctona de los Andes les hacía posible a los agustinos emitir un juicio más suave sobre los indígenas que muchos de sus contemporáneos mientras, al mismo tiempo, les ayudaba a ver su labor evangelizadora como una continuación de lo que ya había empezado antes, y no como una empresa que parte de un punto cero.

 Gracias al entusiasmo y el empeño de los misioneros, la Orden se extendió rápidamente por muchas partes del país, fundándose durante la época colonial un total de veinticinco conventos. El punto de gravedad de la actividad pastoral eran las ciudades: La Paz, Oruro, Potosí, Cochabamba, Sucre y Tarija. En Potosí también los agustinos se ven confrontados con la inhumana suerte de los indios que deben prestar su mita allá y, sin duda, han alzado su voz contra el duro tratamiento que recibían de parte de los que buscaban enriquecerse a costa de ellos. El cronista Calancha, que durante algunos años fue predicador en la Villa Imperial, manifiesta de la siguiente manera su preocupación por la situación de los pobres trabajadores de las minas: “Pero más indios que metales han molido los ingenios, pues cada peso que se acuña cuesta diez indios, que se mueren, en las entrañas del monte resuenan ecos, de los golpes de las barretas. Que con las voces de unos y gemidos de otros, semejan los ruidos al horrible rumor de los infiernos”(6).

 La labor evangelizadora y doctrinal de los agustinos se desenvolvió particularmente en el Altiplano paceño y orureño, en los valles de Cochabamba y de Chuquisaca, y la región del actual departamento de Tarija, donde tenía que “adoctrinar a los de la jurisdicción de Paspaya y extender su acción benéfica hacia las rancherías de los indomables chiriguanos”(7). La preocupación por la evangelización de los indígenas se extendió más tarde también a otros grupos, como los aguachiles y los lecos en el norte de la Paz, entre los cuales la actitud de nuestros hermanos no siempre era apreciada de la misma manera: unos, gracias a su gran desprendimiento, eran venerados como si fueran santos, otros perdieron su vida asesinados, y todavía otros fueron expulsados y exilados como aquellos dos agustinos del siglo XVIII que habían hecho imposible su permanencia en las misiones de Mapiri. Por supuesto, no era fácil entrar y establecerse en regiones inhóspitas, y además todavía vivir y hacer vivir el Evangelio. Mientras la labor evangelizadora en el altiplano y en los valles tuvo bastante éxito, las misiones agustinas en las llanuras bolivianas hay que reconocerlo eran un fracaso. Un autor del siglo XVIII justifica hasta cierto punto este fracaso, cuando dice: “nunca tuvieron los agustinos en las misiones de Mapiri un maravedí seguro, debiendo mantenerse únicamente de las sementeras hechas por los neófitos. Siempre la misma historia: pretendíase maravillas de los misioneros, sin darles los subsidios convenientes”(8).

 Una de las obras más importantes de los agustinos altoperuanos ha sido, sin duda, el santuario de Copacabana a las orillas del Lago Titicaca. El lugar ya había sido famoso en la época incaica y más anteriormente como centro religioso. Cuando los españoles ocuparon la meseta andina, se establecieron también en este lugar y trataron de convertir este centro de culto autóctono en un santuario católico. Un joven indio, Tito Yupanqui, esculpió en Potosí, en aquellos tiempos, también centro de arte, una hermosa imagen de la Virgen y la trasladó a su pueblo natal, Copacabana. El 2 de febrero de 1583 la imagen fue recibida allá por el párroco del pueblo, y pronto empezó a crecer la devoción a la Virgen, llamada de Copacabana, de modo que el párroco solicitó a la Audiencia de Charcas mandase una comunidad religiosa para atender a los muchos peregrinos que habían empezado a frecuentar el santuario. A propuesta de la Audiencia y del Virrey Toledo el rey Felipe II nombró a los agustinos para establecerse en Copacabana. Los primeros religiosos entraron en ese pueblo el 16 de enero de 1589. “Apenas tomaron posesión propagaron con tanta intensidad su culto que el santuario de la Virgen de Copacabana llegó a ser el santuario mariano más importante de toda América en la época colonial”(9). Y la Virgen de Copacabana iba a jugar, al mismo tiempo, un papel importante en la evangelización de los agustinos: con ayuda de la Virgen tratan de combatir el demonio y logran convertir a muchos indígenas a la verdadera fe.

 La culminación de la presencia agustiniana en la época colonial fue alcanzada en la segunda mitad del siglo XVII, cuando se llegó al mayor número de conventos, doctrinas y misiones, y tres agustinos fueron llamados a ocupar sedes episcopales en el país: Gaspar de Villarroel en Charcas (16601665), Martín Montalvo en La Paz (16651668) y Juan de Ribera en Santa Cruz de la Sierra (16711672). Ya antes dos agustinos habían sido elegidos para ocupar sedes episcopales en la actual Bolivia, a saber: Juan de Vivero y Luis López de Solís, pero no llegaron a posesionarse, el primero porque murió antes de emprender viaje a Bolivia, el segundo porque mientras estaba en viaje fue nombrado obispo de Quito. Todos ellos no sólo han sido grandes gobernadores eclesiásticos, sino también enérgicos defensores de los indios, cuya trágica suerte criticaban duramente. Basta citar al gran agustino Luis López de Solís. “Los clamores destos naturales por los grandes y muchos agravios que reciben de los españoles les llegan a los oydos de Dios…”(10).

 Los siglos XVIII y XIX se caracterizan por la declinación y por fin el ocaso de la Orden en estas tierras: disminución de personal, abolición de doctrinas y misiones, decaída de los estudios y de la vida religiosa, decadencia general hasta en la celebración de los capítulos: el ocio se anteponía a las necesidades de la Iglesia. Así se entró en la época de las guerras de Emancipación y de la Independencia, incapaz de entender los signos del tiempo y de revitalizarse para seguir sirviendo a una nueva Iglesia, la de la época Republicana. Una pequeña luz en este período oscuro fue el agustino cochabambino José Calixto de Orihuela y Valderrama, que, en plena época de guerra, en 1819, fue nombrado obispo auxiliar de Cuzco y que, después de la muerte del titular, administraba aquella diócesis por muchos años, a pesar de su totalmente quebrantrada salud. El número de agustinos que, en aquellos años turbulentos, defeccionaron o se secularizaron, fue tan grande que, cuando Antonio José de Sucre mediante decreto del 29 de marzo de 1826, ordenó que los agustinos debiesen reagruparse en los conventos de Oruro y de Cochabamba, ni siquiera había suficientes frailes para poblar aquellos dos conventos. A finales del año 1826 se suprimió el último convento de Bolivia, el de Cochabamba. Así desapareció la Orden de San Agustín de Bolivia, y por más de un siglo prácticamente se la olvidó, conservándose sólo el recuerdo de su padre e inspirador en algunas iglesias, y cuando, en 1893, se fundó la Universidad Técnica de Oruro, que fue instalada “bajo la protección de San Agustín”.

 Durante la época colonial se fundaron también dos claustros de religiosas que vivían bajo la Regla de San Agustín, sin tener, por lo demás, una relación directa con la Orden. El primer monasterio de monjas se fundó en la ciudad de Sucre en el año 1574, bajo el título de Nuestra Señora de los Remedios. El segundo se fundó en la ciudad de Potosí en el año 1652, llamándose “Monasterio de Nuestra Señora de los Remedios y del Retiro de la Inmaculada Concepción del Orden de San Agustín”. El primero “pudo sortear los escollos de la supresión de conventos instigada por Bolívar y ejecutada por Sucre el año de 1826, pero desde que salieron los agustinos de Chuquisaca fue de mal en peor” (11). En 1905 fue suprimido definitivamente este monasterio. La suerte del monasterio de Potosí ha sido más positiva: este claustro sigue existiendo hasta el día de hoy y goza de una gran estima tanto en la ciudad de Potosí como en el departamento del mismo nombre.

 Fue en el año 1929 cuando se estableció un nuevo contacto entre Bolivia y la Orden, a saber en París, donde el provincial de los agustinos holandeses se encontró con el obispo de La Paz, Monseñor Augusto Sieffert, para tratar un posible nuevo establecimiento de la Orden en este país. En marzo de 1930, año del XVº Centenario de la muerte de San Agustín, la Provincia Holandesa de la Orden aceptó tomar una misión en Bolivia. Los primeros religiosos de la Orden llegaron aquí el 15 de noviembre del mismo año. El pequeño primer grupo de dos sacerdotes y dos hermanos fracasó y salió del país pocos meses después de haber entrado en él, volviendo más tarde, en 1931, uno de ellos, el hermano Federico, junto con el padre Tomás van der Vloodt, a quien consideramos como el verdadero fundador de nuestra misión en Bolivia.

 La Providencia ha querido que, al igual que sus antepasados del siglo XVI, los agustinos holandeses empezaran su labor misionera entre los aymaras, esta vez de las provincias Sud Yungas e Inquisivi del departamento de la Paz. En estas provincias existían muchas parroquias antiguas, fundadas ya en la época colonial, pero cuando nuestros hermanos empezaron allá su labor evangelizadora y pastoral, había en aquel vasto territorio solo un anciano y enfermo sacerdote, a saber en el pueblo de Chulumani. El padre Tomás exploró rápidamente toda la región y pronto se dio cuenta que había grandes posibilidades para una fructífera misión. A su solicitud el gobierno de la Provincia Sud Yungas y en el pueblo minero de Quime en la provincia Inquisivi. En 1947 se ofreció a los agustinos una Prelatura Nullius que comprendería la provincia de Inquisivi y algunas provincias del Altiplano. Nuestros hermanos no han querido aceptar esta Prelatura, porque no querían abandonar la provincia Sub Yungas. Además, la Provincia no se veía en la posibilidad de mandar suficiente personal para atender aquella Prelatura. Fueron los Pasionistas que aceptaron la Prelatura y nosotros nos retiramos de la provincia Inquisivi, en cambio, la parroquia de Coroico, que abarcaba por entonces (1951) casi toda la provincia Nor Yungas del departamento de La Paz. Cuando en 1958 se originó la Prelatura de Coroico bajo atención de los padres franciscanos, los agustinos se retiraron de la provincia Nor Yungas, limitándose desde entonces a la atención de las parroquias de Sud Yungas.

 Hasta el año 1953 la labor de la Orden en los Yungas se ha caracterizado principalmente por la atención pastoral de los pequeños pueblos de mestizos y por las visitas anuales a las haciendas por motivo de la fiesta patronal. El contacto con los indígenas que vivían en las haciendas era sólo pasajero. Desde el comienzo de la labor misionera en aquellas tierras los agustinos se han preocupado también por la salud y por la educación, en especial en el pueblo principal, Chulumani. Un cambio grande se produjo en 1953 gracias a la Reforma Agraria: los latifundios desaparecieron y los peones indígenas se volvieron personas libres con voz y voto y dueños de las tierras.

 Este cambio tuvo también consecuencias para nuestra labor en los Yungas: ahora fue posible entrar en un contacto más directo y más intenso con los indígenas, enterarnos más de sus necesidades y sus aspiraciones, pero también de su mentalidad e idiosincracia. La nueva situación nos impulsó y desafió a comprometernos más con los campesinos yungueños, ayudándoles a llegar a una mayor concientización cristiana y a encontrar caminos para un sano desarrollo. Efectos concretos de este nuevo compromiso han sido las cooperativas de ahorro y crédito, los centros de capacitación de Lavi Grande en la zona de Irupana y de ICMY en el pueblo de Chulumani (el primero para hombres, el segundo para mujeres), la formación de catequistas y de comunidades de base, la fundación de una radio emisora, etc.

 Poco después del establecimiento de los agustinos en los Yungas ya se empezó a sentir la necesidad de tener una casa en la ciudad de La Paz, para que los misioneros tuviesen un apeadero en aquella ciudad y un punto de contacto con las autoridades eclesiásticas y gubernamentales. En 1943 nos fue asignada oficialmente una parroquia, a saber en la zona populosa de Chijini. El convento de La Paz fue erigido canónicamente recién en el año 1954. La iglesia parroquial que fue construida en la parte más baja de la extensa parroquia, pronto fue un gran centro de administración del bautismo y de devoción al Señor del Gran Poder, no sólo para los habitantes de la zona, sino también para los campesinos aymaras de muchas provincias del Altiplano. En el curso de sus casi cuarenta años de nuestra presencia en La Paz, la población de la ciudad ha ido aumentando rápidamente, en especial también aquella parte de la ciudad donde nosotros trabajábamos. Fue necesario pensar en la creación de otros centros pastorales, lo que efectivamente se hizo, a saber los centros llamados Exaltación y Santa Rita. Tampoco en La Paz los agustinos se limitaban a la atención pastoral, la administración de los sacramentos y la enseñanza religiosa; veían las grandes necesidades de una población mayoritariamente pobre y querían contribuir al mejoramiento de la situación de esta gente. Así se llegó a organizar también aquí una cooperativa de ahorro y crédito, a crear un centro de salud, un centro de formación y capacitación, a realizar cursos de alfabetización, y organizar, junto con otras parroquias, una cooperativa de salud.

 En 1949 dos padres, Marcos Meyer y Andrés van Meegeren, fueron mandados a la ciudad de Cochabamba para preparar allá la fundación de un colegio secundario con características especiales: un colegio que, como primero en el país, daría mucha importancia a las ciencias (matemáticas, física y química) y a materias técnicas. Varios sacerdotes jóvenes fueron mandados a los Estados Unidos para especializarse en las materias indicadas y prepararse así para asumir cargos en el futuro colegio. A comienzos del año 1955 empezó a abrir sus puertas el “Colegio San Agustín” y en pocos años se convirtió en uno de los mejores colegios de Bolivia. En el curso de sus más de treinta años de existencia ha dado numerosos bachilleres altamente preparados al país, muchos de los cuales han sido premiados con importantes becas por organizaciones extranjeras, y han llegado a ocupar puestos significantes como ingenieros, médicos, científicos, etc. En agosto de 1992 los agustinos entregaron la propiedad y la responsabilidad del Colegio a la “Fundación Educacional San Agustín” (FESA), formada principalmente por exalumnos. Otra contribución a la educación en Bolivia fue la fundación de la Normal Católica, también en la ciudad de Cochabamba.

 Los casi sesenta y cinco años de la segunda presencia de la Orden en Bolivia se han caracterizado por una contínua búsqueda de servicio a la Iglesia y de vida fraterna, por esfuerzos premiados y fracasos cobrados. Búsqueda también de afirmar nuestra propia identidad y, al mismo tiempo, de integrar esa identidad en la realidad de otros. Servicio a la Iglesia boliviana y a la sociedad boliviana, ya sea por nuestra actividad evangelizadora, pastoral y social, en el campo y en barrios populares de la ciudad, ya sea por la organización y realización de una educación moderna y adecuada a esta época, ya sea por nuestra contribución a la formación de los futuros sacerdotes del país, o por ponernos a la disposición de la jerarquía, de la conferencia de religiosos y otras instituciones de carácter más nacional. Largos años también de vida fraterna, con sus alegrías y sus tragedias; vida fraterna agustiniana, que tal vez por demasiado tiempo hayamos cultivado exclusivamente entre holandeses, pero que, con fe y confianza, tratamos de realizar ahora también con hombres jóvenes de esta tierra, siendo nuestro pequeño convento boliviano en La Paz una esperanza para el futuro.

 Con preocupación vemos las necesidades de la Iglesia boliviana de hoy: su lucha por encontrar y afirmar su propia identidad en una patria llena de problemas políticos, económicos, sociales y culturales; su necesidad de interpretar y predicar el Evangelio en respuesta a las a veces angustiantes y sobrehumanas exigencias de la época en que vivimos; su necesidad de hablar palabras valientes y reconfortantes en circunstancias difíciles y a las personas más marginadas y pobres.

 Queremos ayudar y seguir ayudando en la atención de estas y otras necesidades, conscientes de tener que despojarnos siempre de nuevo de nuestras propias comodidades, no solamente materiales, sino también espirituales y culturales.

 La Vicaría de Bolivia de la Orden de San Agustín:  estado actual (mayo de 1994)

 La Vicaría de Bolivia es parte de la Provincia Holandesa de la Orden. Son miembros de la Vicaría 9 sacerdotes y 1 hermano de nacionalidad holandesa, 1 sacerdote de nacionalidad belga, 2 sacerdotes, 2 hermanos de votos solemnes y 3 novicios de nacionalidad boliviana.

 La Vicaría consta de tres conventos: el de Chulumani (prov. Sud Yungas del dpto. de La Paz), el de La Paz y el de Cochabamba.

 En la provincia Sud Yungas del departamento de La Paz los agustinos siguen atendiendo la extensa parroquia de Chulumani, que abarca los pueblos de Chulumani, Huancané, Chirca, Ocabaya y Tajma y las muchas comunidades campesinas de la jurisdicción. Bajo la responsabilidad de la Vicaría están el Centro de Coordinación Yungueña, la radioemisora “Radio Yungas”, el Centro de Formación Católica “EMAUS” y el Programa de Salud “Santa Mónica”. En el pueblo de Chulumani hay una comunidad de las Dominicas de la Presentación, que dirige el “Instituto de Capacitación de la Mujer Yungueña” (ICMY).

 En la ciudad de La Paz los agustinos atienden la extensa parroquia de la “Santísima Trinidad” (alrededor de 70.000 feligreses). La parroquia tiene actualmente cinco centros: Gran Poder, Santísima Trinidad, Señor de la Exaltación, Santa Rita y Santa Mónica. Las actividades de cada centro son de carácter pastoral, educativo y social. Colaboran en las actividades de las parroquias religiosas de las siguientes Congregaciones: Hijas de la Iglesia, Franciscanas Misioneras del Sagrado Corazón, Maryknoll.

 A partir del año 1995 nuestra comunidad de La Paz se encargará de la formación de los futuros agustinos. (Actualmente tres jóvenes bolivianos están haciendo su noviciado en Bragança Paulista, Brasil).

 La comunidad de Cochabamba atiende pastoralmente, aunque no de forma oficial, una parte de la parroquia de la Recoleta. Los seis miembros del convento se dedican a diversas actividades: Gobierno de la Vicaría; Directorio de FESA; gobierno del convento y pastoral; ONG de desarrollo rural; enseñanza en la Universidad Mayor de San Simón; ViceRectorado y Decanatura de la Fac. de Filosofía y Teología de la Universidad Católica.

 Fundaciones agustinas en Bolivia: época colonial y época contemporánea

 01.Chacllacollo Paria1559 1778

 02.Toledo1559 1759

 03.Capinota 1559 1770

 04.Sucre 1562 1826

 05.La Paz 1562 1825

 06.Tapacarí 1563 1826

 07.Colpa 1570 1793

 08.Cochabamba 1578 1826

 09.Potosí 1584 1826

 10.Tarija 1588 1825

 11.Pilaya 1588 1780

 12.Paspaya 1588 1774

 13.Copacabana 1589 1826

 14.La Loma 1590 ?

 15.Pucarani 1591 1767

 16.Poopó s. XVI 1774

 17.Itapaya  s. XVI 1813

 18.Sicaya  s. XVI 1826?

 19.Incahuasi  s. XVI ?

 20.Pisa  s. XVI ?

 21.Mizque 1603 1826

 22.Oruro 1606 1826

 23.Mojos 1617 1715

 24.Tomina 1620 ?

 25.Salinas  s. XVII ?

 26.Chulumani 1932 …

 27.Irupana 1932 1994

 28.La Paz 1938 …

 29.Quime 1939 1949

 30.Coroico 1951 1958

 31.Cochabamba 1949 …

 Bibliografía Básica

 ABECIA BALDIVIESO, Valentín. Historia de Chuquisaca, Sucre, Ed. Charcas, 1939.

 BELTRAN AVILA, Marcos. Capítulos de la Historia Colonial de Oruro. La Paz, Ed. La República, 1925.

 CALANCHA, Antonio de la. Coronica Moralizada del Orden de San Avgvstin en el Perv (1638). Lima, Ignacio Prado Pastor, 6 volúmenes, 19741981.

 CAÑETE Y DOMINGUEZ, Pedro Vicente. Guía histórica, geográfica, física, política, civil y legal del gobierno e intendencia de la provincia de Potosí (1787). Ed. Potosí, 1952.

 OMISTE, Modesto. Crónicas Potosinas. 2 volúmenes. La Paz, Gonzáles y Medina Editores, 1919.

 RAMOS GAVILAN, Alonso. Historia del célebre Sanctuario de Nuestra Señora de Copacabana y sus Milagros e Invención de la Cruz de Carabuco (1621). La Paz, Academia Boliviana de la Historia, 1976.

 SAELMAN, William. “Dutch Augustinian missionaries in Bolivia”. En: Augustiniana. Lovaina, VI, 1956, p. 815827.

 SANTA CRUZ, Víctor. Historia colonial de La Paz. La Paz, Ed. Renacimiento, 1942.

 TORRES, Bernando de. Crónica de la Provincia Peruana del Orden de los Ermitaños de S. Agvstin (1657). 3 volúmenes, Lima, Ignacio Prado Pastor, 1974.

 VILLAREJO, Avencio. Los Agustinos en el Perú y Bolivia. Lima, Ed. Ausonia S.A., 1965.

 1. Epístola 48,2. Obras de San Agustín. Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, Tomo VIII, 1948, p. 283.

 2. Calancha, Antonio de la. Coronica Moralizadora del Orden de San Avgvstin en el Perv. Lima, Ignacio Prado Pastor, Vol IV, 1977, p. 1468.

 3. Barnadas, Josep M. La Iglesia Católica en Bolivia. La Paz, Librería Editorial “JUVENTUD”, 1976, p. 43.

 4. La obra de Antonio de la Calancha (ver: nota 2) fue publicada originalmente en Barcelona en 1638. La obra de Alonso Ramos Gavilán se titula: “Historia del célebre Sanctuario de Nuestra Señora de Copacabana y sus milagros e Invención de la Cruz de Carabuco”. Fue editada en Lima por Jerónimo Contreras en 1621. Una reedición completa se realizó en La Paz en 1976 por la Academia Boliviana de la Historia.

 5. Calancha, o.c. Lima, vol. II, 1975, p. 769770.

 6. Calancha, o.c. Lima, vol. V, 1978, p. 1680.

 7. Archivo Franciscano de Bolivia. 1921, p. 45.

 8. Archivo Franciscano de Bolivia. 1921, p. 59.

 9. Villarejo, Avencio. Los Agustinos en el Perú y Bolivia. Lima, Ed. “Ausonia S.A.”, 1965, p. 75.

 10. López de Solís, Luis. Carta del 15 de marzo de 1597. En: Archivo General de Indias, Quito 76.

 11. Villarejo, o.c., p. 133.

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