Noche de difuntos (Un cuadro de Buñuel)

Por: Edgar Claure Paz

Miles de velitas alrededor de las tumbas alumbran el cementerio en la Noche de Difuntos

La noche de difuntos en el valle bajo de Cochabamba es una festividad religiosa que no tendría nada de particular si no es por la forma de celebrarla. En Capinota, por ejemplo, se inicia al anochecer, en el cementerio, cuando la avenida de ingreso se llena de vendedores que, a la luz de velas y mecheros de kerosene,  ofrecen flores, velas, coronas de papel blanco, morado y negro y otros adornos a todos los visitantes. La avenida no tiene iluminación eléctrica porque, siendo tan poco transitada durante los demás días del año, no la creen necesaria y, además, porque todos en el pueblo sienten una atávica aprensión a transitar por sus cercanías, sobre todo cuando la luz diurna se ha disipado.

Ese día, desde todos los caminos, llegan los capinoteños. Probablemente es la única fecha en que se reúnen familias enteras para visitar las tumbas de sus parientes muertos, nuevos y antiguos, porque a todos se les venera por igual en ese cementerio cuyo centenario portón y gruesos muros de adobes protegen sepulcros de todas clases: rústicos intentos de mausoleos y túmulos de tierra, muchos de ellos centenarios, a cuya cabecera se conservan cruces de madera o de hierro cuyos barrocos adornos son obras de arte de viejos artesanos del martillo y el fogón. También hay algunas tumbas talladas en piedra, generalmente pertenecientes a familias “dinásticas” del pueblo.

Banda de música toca las canciones preferidas del difunto

Allí se va a honrarles y, reunidos alrededor de la tumba, a intercambiar recuerdos del muerto o de ellos mismos, afectuosas anécdotas y reclamos por los ausentes, mientras adornan la tumba con flores y cavan pequeñas hornacinas alrededor del túmulo donde se encenderán las velas que en su homenaje lleva cada doliente. Cuando la oscuridad ya es total, el paisaje se ha poblado de las luces de miles de velas que, apenas, iluminan a las personas alrededor, creando un maravilloso paisaje de siluetas. Son imágenes de personas con rostros apenas perceptibles en la lobreguez de la noche. No es un paisaje lúgubre. No sugiere ni fantasmas ni fantasías; más bien parecen cuadros de una hermosura estética indescriptible, dicromático, animados por el sonido de las conversaciones sin estridencias de cientos de personas cuyas siluetas sin perspectiva se oponen a la obscuridad. Y más allá de los muros, está la noche impenetrable con su carga de serenidad y paz, bajo un cielo incontaminado, plagado de estrellas. Solo la genialidad de Buñuel, el mítico existencialista obsesionado con la muerte y los sueños, sería capaz de captar y expresar la fuerza de ese paisaje, donde cada silueta se hace vital por el rumor de su voz que le rescata de la sombra y le hace paisaje, profundamente humano, poderoso, único y emotivo. Es homenaje de la vida a los que yacen pero es también comunión. Solo él, con Dalí, si aun vivieran, podrían ser capaces de mostrar, en blancos y negros, los trazos de esta noche única.

Pero hay más para reforzar esa pintura surrealista: junto con la noche se hacen presentes los rezadores que, por un boliviano, dicen las oraciones de estilo a una velocidad increíble; y bandas de música que recorren el cementerio tocando antiguos boleros de caballería como “El terremoto de Sipe Sipe” o solemnes toques de silencio. Tampoco faltan mariachis que, por 10 bolivianos, complacen a los dolientes cantando las canciones que gustaban al difunto. Todos en medio de esa negrura. Ellos también son siluetas sin perspectiva; medios cuerpos confundidos con la multitud y vivos a través de su música.

A medianoche, todos abandonan el cementerio. Es hora de cambio. Al día siguiente, el de Todos los Santos, habrán floridas mesas tendidas con muñecos de pan, masitas, bizcochos caseros y refrescos de maíz e hinojo que son una verdadera delicia. Pero esta es otra ceremonia que comparten las familias en forma más alegre y a plena luz.

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