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Prisioneros paraguayos del Chaco, en Cucuni

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La Hacienda de Cucuni que fue propiedad de Vitaliano Ledezma Guzmán, coronel del Ejército boliviano nacido en Irpa Irpa. | Los Tiempos

 

Diego Alfonso Rojas Castro*

Publicado en Los Tiempos, el 13/03/2017

Durante la Guerra del Chaco la mayoría de las poblaciones de Bolivia, por no decir todas, dieron una “cuota de sangre” enviando a sus hijos al frente de batalla. Y no solo eso, también aportaron desde retaguardia enviando suministros y víveres.

Algunas incluso recibieron en campos de confinamiento a prisioneros paraguayos capturados en las distintas batallas de la guerra. Una población que hizo las tres cosas a la vez es Irpa Irpa, municipio que forma parte de la provincia de Capinota, ubicado a 67 km de Cochabamba.

Hoy en día, Irpa Irpa es conocida por la producción de cemento a cargo de la Cooperativa Boliviana de Cemento (Coboce) gracias a las canteras que se encuentran en el lugar, pero la población tiene una historia íntimamente ligada a la Guerra del Chaco que es importante recordar y tener presente.

En esta población se encuentra un hermoso paisaje llamado Valle de Cucuni, considerado “Patrimonio Histórico y Cultural de Bolivia”, ya que ahí se encuentra la Hacienda de Cucuni que fue propiedad de Vitaliano Ledezma Guzmán, coronel del Ejército boliviano nacido en Irpa Irpa. Era un hombre alto, robusto, de tez blanca, de pocas palabras y que tenía a varios perros por compañía.

Este coronel habiendo acabado de conseguir su jubilación después de una brillante carrera como agregado militar en las embajadas de Brasil, España, Francia, Alemania, y pese a haber estado en muchos lugares del mundo, prefirió volver a su tierra natal e invertir los ahorros de toda su vida en la adjudicación de los molinos y terrenos pertenecientes a esta hacienda.

Declarado benemérito de la Guerra del Acre y del Chaco (a la cual asistió estando ya jubilado), a su vuelta del “infierno verde”, trajo consigo 50 prisioneros paraguayos, a quienes se les atribuye la construcción de esta hacienda a cargo de la dirección del citado oficial.

En aquel tiempo, la Hacienda de Cucuni era la residencia más acomodada del pueblo, se destacan palmeras, una caballeriza y el molino de agua conocido como “El molino de Cucuni”, construido en la época de la Colonia y restaurado en la época republicana. El sonido del agua llama la atención y guía su origen. Se trata de una acequia que atraviesa la hacienda y alimenta el molino cuya piedra —destinada al molino de los granos— se encuentra ahora fuera de las ruinas, en completo abandono.

Ahora se pueden ver los restos de las tejas caídas junto a cañahuecas y pajas sobre los molinos que se utilizaban para la transformación del grano en harina con la fuerza del agua. Las paredes de adobe están remojadas por el agua y el ingreso a este espacio es casi imposible por el lodo acumulado. Su visibilidad, desde el camino, se complica por la maleza que ha crecido y la falta de limpieza.

Conforme al diseño típico de estos molinos (que aún se ven en Arani y otras zonas del valle cochabambino, así como en los valles de Cairoma en La Paz), en el sótano del molino se ubicaba parte del sistema de engranes que permitía hacer girar las muelas y los colectores de harina, que se usaban también para almacenar el grano.

Los prisioneros en su confinamiento, trabajaban en la hacienda de herreros, albañiles, carpinteros, y también en la agricultura y en el molino, cultivando verduras y hortalizas para el aprovisionamiento de tropas bolivianas en el campo de batalla.

Como ya se dijo, en este valle se instaló además un molino de impulsión hidráulica, “Harina La Flor”, donde llegaba todo el grano de Quillacollo para después ser transportado en tren. El ferrocarril salía desde la Estación de Irpa Irpa hasta Potosí (presumiblemente rumbo a Uyuni). Posteriormente, la carga era llevada en mulas y burros hasta el escenario bélico. A la fecha, la Estación de Irpa Irpa que fuera el centro de desarrollo del pueblo, se halla también abandonada y convertida en tiendas de abasto.

En el mismo estado se encuentra hoy en día la hacienda, abandonada y en ruinas aunque, afortunadamente, todavía está en pie. Según Camacho Guzmán, los ancianos del lugar no pueden precisar el lugar donde estuvieron alojados los prisioneros, ya que no se habría encontrado un ambiente con capacidad de albergar tal cantidad de cautivos.

El investigador y autor Rodrigo Rosa, cuenta que en una visita realizada a Irpa Irpa en 1999, un anciano que solía tomar sol en la plaza contó que los prisioneros dormían en una precaria construcción de adobes con techo de paja reforzada con viejas lonas de carpa, que estaba contigua o muy próxima al molino, y que se había levantado exprofeso para tal fin.

El anciano contó también que los mismos prisioneros habían ayudado a edificarla y que dormían en jergones o “payasas”. A decir del anciano, dicha construcción habría desaparecido hacia 1943, tras haber sido despojada de su techo por la repatriación de los prisioneros. Sin embargo, Donata Salazar, la más anciana de la zona de Cucuni, cuenta que los prisioneros dormían en el sótano de la construcción principal, ambiente completamente inhabilitado por el paso de los años. Eran parte de la comunidad y andaban siempre de buen humor, recuerdan los ancianos. Cinco paraguayos que murieron por enfermedades fueron enterrados en el cementerio de Capinota.

En una visita realizada al lugar, el domingo 27 de noviembre de 2016, vimos que lo que era antes el sótano de la construcción, a fuerza de anegarse una y otra vez por las lluvias, hoy se encuentra colmado de tierra lama. No es descabellado pensar que esta construcción haya podido servir para alojar a los prisioneros, eso sí, en completo estado de hacinamiento, con literas de apenas 30 o 40 cm de ancho y varios niveles uno encima de otro, de modo que una vez acostado, la litera de nivel superior quedaba prácticamente en la cara del prisionero.

Con estrechos espacios con lo justo para circular por el sótano entre las literas, fácilmente podrían haber entrado los 50 prisioneros que la memoria histórica del pueblo recuerda haber tenido confinados durante la guerra.

Un detalle tal vez de poca importancia pero que llamó la atención del que escribe esta nota, radica en que en una visita a Paraguay, causaba segundos de confusión en los bolivianos la forma de dar indicaciones que tienen allá: “vaya derecho” para ir recto por la ruta. El primer impulso de los bolivianos era girar a la derecha hasta comprender al instante que había que continuar recto.

En la visita realizada a Irpa Irpa uno de los pobladores usó la misma frase para indicarnos la ubicación de los Molinos de Cucuni —vaya derecho— ¿casualidad o una forma del lenguaje que permanece hasta hoy por influencia de los prisioneros paraguayos del tiempo en que estuvieron allí?

Es una pena ver que este lugar con tanta historia quede abandonado y en el olvido. Se podría habilitar la construcción principal donde estuvieron los prisioneros como museo. Conseguir fotografías (que seguro que las hay) de los prisioneros en la Hacienda en sus trabajos de agricultura en lo que una vez fue su campo de confinamiento, poner las listas de nombres de los prisioneros que estuvieron en el pueblo durante el tiempo que duró su cautiverio.

¡Basta de desidia e indiferencia para con la historia de la Guerra del Chaco!

* El autor es ingeniero perito en informática forense.

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Historia de los molinos de Capinota e Irpa Irpa

Por Nelson Paz Claure

Continúa el deterioro de los molinos de Capinota e Irpa Irpa, pese a su valor histórico

Continúa el deterioro de los molinos de Capinota e Irpa Irpa, pese a su valor histórico

Terminada la guerra de la independencia, Bolivia queda libre del yugo español un 6 de agosto de 1825; la gran tarea de reconstruir la Patria comenzó en los cortos periodos de gobierno del Libertador Bolívar y del Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, este último comprobó que las mejores tierras y haciendas estaban en poder de la Iglesia y otras en poder del Estado.

Luego de pequeños interinatos el tercer gobierno llega a ser el del Mariscal de Zepita, don Andrés de Santa Cruz y Calahumana, hombre dotado de grandes virtudes e inteligencia a toda prueba. Apagados los fulgores de las batallas había que comenzar a vivir, edificar la casa, con arquitectura hecha con la ley de Santa Cruz, nacido de madre india y de padre criollo, simbiosis de futuro y de guerrero, gobernante y legislador, fue el quien dio las primeras leyes, que tuvieron vigencia por más de un siglo.

Como Vicepresidente de la República, le acompañaba su leal camarada el General José Miguel de Velasco, quien por haber intervenido en las batallas de Junín y Ayacucho, tenía derecho a percibir una indemnización de guerra: “En premio de lo que le cupo en el millón de pesos decretado por la Asamblea General de Bolivia, a favor del Ejército vencedor de Junín y Ayacucho”. Conforme reza en el acta de adjudicación de los molinos y tierras de Cucuni, Camarani, Cuchu Punata y Saracosi. Es así que cumplidas las diligencias de mensura, inventarios, avalúos y constatación de que se trata de los terrenos vacantes pertenecientes al Estado, el gobierno del Mariscal de Santa Cruz decide adjudicar el fundo en 17.531 pesos, valor de su tasación practicada el 29 de diciembre de 1828 por el perito Francisco María Robles, en favor del Excmo. Señor Vicepresidente de la República General José Miguel de Velasco, no obstante de que este valor era inferior a la deuda que el Estado reconocía en favor del héroe, quien toma posesión de la finca por medio de su apoderado el Dr. Miguel Salguero y Claure, expresada su conformidad y declarando saldada su cuenta en su memorial de 27 de julio de 1829, corrientes a fojas 12 del expediente relativo.

Cabe recalcar que la propiedad comprendía también Taracollo serranía próxima a Orcoma, Yuruni, Perigallo, Paicori, Saracosi o Jaracosi.

Antes de instalarse en la hacienda el General vivió un corto tiempo en Capinota en la calle de la Iglesia, la tercera casa contando de la plaza 15 de Agosto, hasta que se habilite la casa hacienda que estaba frente a los molinos de cuatro paradas (un edificio con cuatro molinos), y comenzó la explotación de las fértiles tierras de lo que hoy se conoce como Irpa Irpa, hasta el advenimiento de su muerte en su tierra natal de Santa Cruz de la Sierra, el 13 de octubre de 1859. Fue Presidente de la República en cuatro oportunidades. Posteriormente, la familia Velasco a través de sus legítimos herederos continuó explotando los molinos y tierras de Cucuni, sufriendo el original fundo divisiones y subdivisiones como consecuencia de sucesiones hereditarias; algunos miembros de esta familia sentaron raíces en Capinota como la señora Elena Velasco de Wichthendall Velasco, que poseían la propiedad de Apillapampa.

Los famosos molinos de Cucuni que son parte de la historia de Capinota y lógicamente de Irpa Irpa, están emplazados en un lugar estratégico del Valle Bajo, tuvieron influencia en la economía de la región y no es exagerado afirmar que en aquella época lo era todo para el poblador de la zona, pues de la transformación del grano en harina se tenía para negociar el sustento de la familia, en la elaboración del pan de cada día, para hacer el muck’u, huiñapu, khako para la chicha.

Un siglo después de la adjudicación de la hacienda Cucuni y de los molinos por el general Velasco,  en 1928, hallándose esta propiedad en trance de remate por insolvencia de su propietario señor Alfredo Suárez, que debía al Banco Hipotecario de la ciudad de Cochabamba, aparece el ciudadano Don Vitaliano Ledesma Guzmán, coronel del Ejército boliviano nacido en Irpa Irpa, este coronel acababa de conseguir su jubilación después de una brillante carrera como agregado militar en las embajadas de Brasil, España, Francia, Alemania, declarado benemérito de la guerra del Acre y del Chaco, pese a estar en muchos lugares del mundo prefirió volver a su tierra natal e invertir sus ahorros de toda su vida en la adjudicación de los molinos y terrenos pertenecientes a esta hacienda.

El Coronel Ledezma pese a estar jubilado volvió a la campaña del Chaco, donde a su retorno trae consigo 50 presos paraguayos (patapilas) contingente este que trabaja en la hacienda, fungiendo de herreros, albañiles, carpinteros, etcétera, mismos que transformaron la hacienda en una de las mejores de la cuenca del río Arque.

Cuando llegaban las lluvias paraban los molinos para su mantenimiento y era esta época que aparecían los “llameros” que eran campesinos del altiplano que traían productos propios de la puna, para el trueque con productos del valle, estos incluso llegaban hasta el Valle Alto, las 500 o más llamas cargaban sal, pito cañahua, chuño, charque de llama, etc. Y cambiaban con maíz especialmente hacían etapa en Capinota e Irpa Irpa, hacían harinar en los molinos del lugar lo del trueque y retornaban al altiplano, estas llamas nunca salían del río pese al invierno que era la época que aparecían los llameros en las calles del pueblo para ofrecer sus productos; lamentablemente, el progreso dejó atrás la importancia de los molinos que ahora están en ruinas y las autoridades poco o nada hacen para restaurarlos y que podrían ser un atractivo turístico y seguirían trayendo dinero a sus pobladores.

Anotamos, finalmente, que la construcción de los molinos de Sicaya, Palermo, Irpa Irpa y Capinota se hizo por orden del capitán Lorenzo de Aldana, dueño del repartimiento de Paria, al que pertenecían Capinota y las poblaciones antes nombradas.

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Artículo de Humberto Guzmán sobre Capinota

El conocido intelectual Humberto Guzmán Arce, solía visitar Capinota en sus años de juventud, según su propio relato, que lo transcribimos más abajo. El Diccionario Cultural Boliviano, dice que Humberto Guzmán Arce nació en Cochabamba, en 1907, y falleció en 1994.  Era Abogado, político, periodista, narrador y novelista. Fue declarado ‘Maestro de la juventud’ en 1954, fue Fundador y director de la Sociedad de Escritores y Artistas de Bolivia (1938-1955), además de Miembro de la Academia Boliviana de la Lengua.

Porfirio Díaz Machicao escribió sobre él lo siguiente: “Prosa depurada y bella. Ha revelado con emoción la vida selvática y cuando pone el toque descriptivo en el valle, su tierra, es maestro”.

Sobre Capinota escribió el siguiente artículo, que estimamos fue escrito en la década de los treinta. Nos da una idea cabal sobre la geografía y algo del movimento inelectual del pueblo en esa época.

 

CAPINOTA A TRAVÉS DE LOS RECUERDOS DE MI JUVENTUD Y

DE MI INFANCIA

Por Humberto Guzmán Arce

El año 1914 se iniciaba la construcción de la ferrovía de Oruro a Cochabamba, cuando la comunicación entre ambas ciudades se mantenía con los servicios de los destartalados vehículos llamados “diligencias” que circulaban por la angosta carretera que pretendía vencer las ríspidas serranías de Arque, Tapacarí y Changolla para aproximarse a la altipampa de Oruro.

Si bien los pasajeros de los viejos rodados que arrastraban las cuadrigas de mulas, se sobreponían a la desazón y a las incomodidades del viaje, ante el ilusorio afán de salir al extranjero o por lo menos visitar el centro político de La Paz, en cambio aquellos otros pasajeros que hacían el viaje de retorno a sus lares cochabambinos, consideraban que el calvario al que fueron sometidos tocaba a su fin al llegar a Capinota, cuya plácida campiña era llamada por algunos poetas “alivio de caminantes”, porque los fatigosos peregrinos podían hallar en ella sosiego y hospedaje, disfrutando de los afamados vinos de la bodega de la “Viña Vieja”.

El interés de los escritores del país, que venían a residir temporalmente en el rincón más plácido de los valles cochabambinos, procedía de la mágica atracción de la naturaleza del tríptico paisajista de Capinota, Playa Ancha y Buen Retiro, que ejercía su influencia telúrica y estética sobre el estado de ánimo de aquellos hombres...

El interés de los escritores que venían al rincón más plácido de los valles cochabambinos, procedía de la mágica atracción del tríptico paisajista de Capinota, Playa Ancha y Buen Retiro, que ejercía su influencia telúrica y estética en su estado de ánimo…

Después de dos décadas volví a Capinota, cuando el tránsito ferroviario había cobrado inusitada actividad con el transporte de la producción agrícola de Cochabamba hacia los centros mineros y hacia el mercado de consumo de la sede de gobierno nacional. Encontré en Capinota las amplias instalaciones de la estación principal de Buen Retiro que aceleraba el tráfico en toda la extensión de la línea ferroviaria a Oruro, y hallé también la organización de la industria vitivinícola que había reunido a varios técnicos de la comunidad italiana, que vinieron a establecerse en la amena campiña de Capinota, cuyo clima de tibieza sin letargo y cuyo panorama luminoso de vides y cultivos, había cobrado merecida fama para atraer a los poetas y escritores de La Paz y Oruro, que venían a disfrutar temporalmente de la amena placidez de aquel rincón del valle cochabambino.

Este fue el motivo que me indujo a renovar mis viajes a Capinota, para frecuentar mi relación con don Juan Francisco Bedregal y su hija Yolanda, con José Eduardo Guerra y Josermo Murillo Vacareza, y tantos otros escritores que se congregaban en aquella campiña durante el periodo de sus vacaciones anuales.

Y al hacer una afectuosa referencia a estas figuras representativas de las letras bolivianas, no podré olvidar a mi dilecto amigo y fraternal compañero de aulas don Víctor Urquieta Frontanilla, con quien estudié el curso de humanidades en el Colegio Bolívar de mi ciudad natal. Dotado de una capacidad crítica afinada para seleccionar las mejores obras de nuestras letras, Víctor solía acudir solícitamente a mi residencia para proponerme temas de prolongada conversación que solían concluir en el intercambio de los libros de Jaime Mendoza, Alcides Arguedas, Armando Chirveches y otros autores que estaban en boga en aquella época, por haber renovado la corriente romántica con el predominio de la tendencia realista que enriqueció la narrativa boliviana.

Con el correr de los años vengo a comprender que la inquietud intelectual de Urquieta, a la par que el interés de los escritores del país, que venían a residir temporalmente en el rincón más plácido de los valles cochabambinos, procedía de la mágica atracción de la naturaleza del tríptico paisajista de Capinota, Playa Ancha y Buen Retiro, que ejercía su influencia telúrica y estética sobre el estado de ánimo de aquellos hombres que supieron aprovechar los momentos de lucidez interior para seguir ensanchando con ahínco el patrimonio de su cultura.

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Suplementos periodísticos por el aniversario de Capinota

Por Antonio Rocabado Q.

Foto del periódico del Centro de Residentes Capinoteños en La Paz, 1975

Foto del periódico del Centro de Residentes Capinoteños en La Paz, 1975

Disponemos de una colección de suplementos periodísticos sobre Capinota; de aquellos publicados  en días cercanos a la conmemoración del aniversario de la fundación de la provincia que se recuerda cada 1º de octubre, y en esta fecha, por efecto de la Ley de la República promulgada el 1º de octubre de 1908 para dicha creación, durante la presidencia de Don Ismael Montes.

Con este memorable motivo, nos complace hacer una breve revisión general de la variedad de escritos insertados por capinoteños a tales suplementos. Nuestra colección en homenaje a Capinota comienza con un denominado “Órgano del Centro de Residentes Capinoteños en La Paz”  lanzado el 1º de octubre de 1974 con el título en “quechuañol” de “Kaypi…Nota”, bajo la dirección entusiasta de Fernando Rocabado Q., que a la sazón ejercía las funciones de Secretario de Juventud y Deportes del Centro de Residentes capinoteños en esa ciudad. Al año siguiente, por la fecha de octubre, la misma organización editó otro número de tal órgano en un formato de papel sábana más grande recordando a su pueblo.

Los artículos preparados por Fernando Rocabado Quevedo, Tito Urquieta Márquez, Romelio Mercado Navia y Raúl Maldonado Nogales para “Kaypi…Nota” trasuntan nostalgia por el terruño de sus amores, y también, revelan sinceras preocupaciones por la contaminación del río Arque, el estado de los defensivos que protegen al pueblo del embate del río, la administración de la cooperativa que ese entonces controlaba la energía eléctrica, y los trámites que se hacían para un moderno sistema de agua potable.

Posteriormente, aproximadamente desde la década de los 80, el diario “Opinión” de COBOCE a instancias de su Director, el capinoteño Dr. Edwin Tapia Frontanilla, propició durante varios años la emisión de separatas dedicadas al aniversario capinoteño con artículos preparados por inquietos hijos del pueblo que escribieron sobre sus recuerdos de otros tiempos felices. Varias de estas separatas, inscribieron asimismo saludos alusivos a la fecha de parte de las autoridades locales, Alcaldes y Subprefectos de turno. Lo más notorio de estas ediciones auspiciadas por COBOCE en su propio diario, es que no se desaprovechó ninguna ocasión para colar a los suplementos una variedad de imágenes y propaganda de la cooperativa de cemento.

En otros aniversarios, los respectivos Alcaldes Municipales de Capinota, prepararon con  financiamiento propio, periódicos independientes con noticias municipales en una variedad de formatos y papeles, con secciones similares a los boletines informativos corrientes de las comunas, incluyendo descripciones de las construcciones de obras de sus gestiones.

Por otra parte, en ciertos aniversarios, ante la indiferencia de las autoridades capinoteñas, pero a instancias de grupos de paisanos se logró agregar al menos una paupérrima porción de página extra en la edición normal del diario Opinión. Este es el caso, por ejemplo, del sábado 1º de octubre de 1994 de Opinión, donde incorporaron dos artículos: la reiterada “Remembranza” del Dr. Hugo Tapia Frontanilla con recuerdos de niñez, y la añeja columna del ineluctable narrador costumbrista Tito Urquieta Márquez con el título de “Rescatando tradiciones”, esta vez con el tema de “El Tinku” (posteriormente, siempre en separatas de aniversario, escribiría sobre otros rescates: “La machada” (1991), “La fogata de San Juan”(1992), “El uma ruthuku” (2007), etc.).

Suponemos también, que en algún aniversario, quien sabe con qué auspicios, se escribieron memorables crónicas sobre Capinota, como aquellas sobre la contaminación minera y del cemento de COBOCE de la década del 80 encargados a la benevolencia de periodistas de la talla de Rafael Peredo o Alfredo Medrano del diario Los Tiempos. En este sentido, tenemos un recorte de prensa antiguo y sin fecha de registro, con un notable escrito de nuestro recordado maestro de historia y novelista Humberto Guzmán Arce con el título de “Capinota a través de los recuerdos de mi juventud y de mi infancia”, que lo transcribiremos íntegramente en un próximo artículo para los amantes de nuestra tierra. Así pues, sería deseable obtener para este medio de difusión informativa otros escritos del recuerdo que realmente merezcan archivarlos para perpetua memoria.

Finalmente, más allá de la anterior revista sumaria de suplementos conmemorativos antiguos, que considero fue una excusa para escribir sobre Capinota, no nos resistimos de comentar, un poco en esta oportunidad y abundar mucho más en otra ocasión, sobre el contenido del último suplemento dedicado al aniversario capinoteño, 29 de septiembre de 2012, (ver http:/www.opinion.com.bo), y que se lo publicó con el rimbombante título de “104 años de viñas y campiñas” (cabal e irónicamente cuando ya casi no existen viñedos en nuestro valle y la deforestación/erosión hizo añicos con las campiñas).

La situación es que el suplemento de marras contiene numerosas imprecisiones, y ciertamente fue elaborado con deliberada ligereza, incluyendo por ejemplo, sin nuestra autorización, una nota sin sentido mutilada de una amplia aclaración que se hizo a Opinión respecto al asunto de los locos de Capinota, que tuvo repercusiones negativas en días previos al aniversario.

La separata observada del reciente aniversario contiene igualmente varios artículos sobre “historia” capinoteña sin sustento bibliográfico alguno, y esto realmente sorprende y preocupa, puesto que en la actualidad el Internet brinda al público tal cantidad de información, que obliga rutinariamente a los investigadores a escudriñar puntillosamente la abundantísima información falsa de la verdadera. Por ello, escribir actualmente sobre Historia sin sustentos documentales es simplemente una patraña, un embuste, y hasta podríamos decir: es pedante, al estilo del canciller Choquehuanca que dice leer la historia en las arrugas de las piedras y de los viejos.

Se han dedicado a las Capinotas de Bolivia varios escritos desde 1550. Desde el 1976 hemos podido examinar en diarios, revistas y libros abundante información histórica sobre Capinota, y como fruto de ello, en los inicios de emisión de este “blog”, preparamos una Bibliografía mínima sobre Capinota con la pretensión de alentar el estudio serio de la historia local. Pero, aparentemente, nuestros desvelos cayeron en un saco roto, porque las falacias históricas campean casi en todos los recientes suplementos conmemorativos del pueblo, tan igual como sucede en otros lugares de nuestro atribulado país.

Y no es que falte información. La Bibliografía sobre Capinota que preparamos hace tan sólo dos años para este medio de difusión ya quedó obsoleta. Aunque, sin embargo, cabe recalcarse que el libro “Etnicidad, territorialidad y colonialismo en los Andes: Tradición y cambio entre los soras de los siglos XVI y XVII” de la Dra. María de las Mercedes del Río (Edición 2005 del Instituto de Estudios Bolivianos, Av. 6 de Agosto Nº 2080, La Paz), sigue siendo un imprescindible referente para la historia de la noble Villa de Capinota del Departamento de Cochabamba.

Para acabar con esta corta perorata, debe señalarse que los topónimos de Capiñata y Capinota se discutieron ampliamente en “Presencia Literaria” de junio y agosto de 1976, entre Ramiro Condarco Morales y el francés Thierry Saignes, y no es posible seguir especulando nuevamente con ridículas acepciones, creencias, o gustos sobre el origen de la palabra aimara Capinota (“Kapu-nutha”, “Kapon Uta”, y hasta “Kaipy Nota”, que alguna vez fue considerada la raíz del término). Tienen la palabra los entendidos en historia, arqueología, antropología o en lingüística.

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“Opinión” pide disculpas frente a aclaración sobre la historia de Capinota

El diario “Opinión”,  que el 14 de septiembre denominó a Capinota “tierra los locos”, tuvo que pedir disculpas por su desacierto histórico. Claro que lo hizo en una “Nota de Redacción” de letra muy menuda en el suplemento que dedicó a Capinota en su aniversario y  a raíz de este acontecimiento (29/09/12). En la página 3, en seguida del artículo de Antonio Rocabado Q., quien lo envió precisamente con el fin de aclarar el entuerto, el periódico escribió textualmente lo siguiente: “Con estas precisiones históricas queda claro que en Capinota no se construyó ningún psiquiátrico, como se mencionó en este diario en un suplemento del 14 de septiembre pasado, tampoco se conoció apelativo alguno respecto a sus pobladores. De este modo pedimos las disculpas del caso”.

Como el artículo mencionado fue decapitado en gran medida para introducir esta disculpa, consideramos oportuno transcribirlo íntegramente, junto con la carta que lo acompañaba:

 Precisiones históricas sobre la locura de los capinoteños

 Por: Antonio Rocabado Quevedo

“Según crónicas históricas, Capinota tuvo uno de los primeros hospitales de lo que hoy es Bolivia. El nosocomio fue un legado del conquistador español Lorenzo de Aldana quien mediante un testamento realizado en 1568 ordenaba la organización de una obra pía a la que llamó “Comunidades y Hospitales de Paria” a favor de los indígenas originarios de su legendario repartimiento Paria-Capinota en compensación por los abusos, exacciones, y falta de adoctrinamiento religioso.

El capinoteño es laborioso y querendon de su tierra; se reune cada Primero de Octubre para festejarla

La obra pía fundada por Lorenzo de Aldana estaba conformada por dos tipos de fondos: a) el primero, destinado para sostener dos hospitales para los indios de su encomienda; y b) el otro, integrado por un conjunto de bienes denominados “Comunidades de Paria”.

La administración de ambas rentas fue asignada al Provincial de la Orden de San Agustín y al Prior de Challacollo (Oruro) y Capinota (Cochabamba) quienes se constituyeron en patrones de la obra pía desde 1571 (tres años después de la muerte de Aldana) hasta la creación de la República de Bolivia.

Aldana para el mantenimiento de los hospitales había legado 2.000 ovejas de castilla hembras y, además, había dispuesto que dos de sus esclavas, Juanilla y Frasquilla, atendieran al hospital de Capinota. Ambos hospitales (Challacollo y Capinota) fueron declarados herederos universales de su inmensa fortuna y, como tales, debían recibir, después de la muerte de Aldana, el dinero procedente de la venta de todos sus bienes en forma de censo al quitar a razón de 14.000 maravedíes el millar de acuerdo a la Pragmática de su majestad (7%).

El objetivo final de esas rentas era solventar los gastos de los hospitales (camas, medicinas, etc.) y el sobrante distribuirlo entre los indios pobres, enfermos o impedidos de su encomienda conforme al criterio de los frailes. El propósito de los hospitales era la ayuda mutua y caritativa a los indios pobres, enfermos o impedidos del repartimiento, la instrucción religiosa y conversión, pero también, indirectamente, fueron agentes de cambio y transformación cultural.

En términos generales, continuaban con la tradición de los hospitales medievales europeos a cargo no sólo de del cuidado de los enfermos sino también de la protección de los pobres, huérfanos y peregrinos. Para esa época, el concepto de pobreza expresaba carencia o insuficiencia de bienes materiales asociados a situaciones de dependencia y de debilidad. En esta categoría entraban no solo los que no tenían nada, sino también aquellos cuyos bienes no rendían lo suficiente para vivir.

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Símbolos o emblemas de Capinota: la heráldica de su escudo de armas

Por: Ing. Antonio Rocabado Quevedo

Diseño del escudo de armas de Capinota que sirvió para la construcción del vitral en el Concejo Municipal

Capinota es una de las poblaciones prehispánicas más antiguas de Bolivia. Existen varios documentos históricos que prueban que Capinota ya estaba constituido como un “pueblo de yndios” antes de la otorgación del repartimiento de Paria-Capinota al encomendero Lorenzo de Aldana en 1548.  Actualmente, por el número de habitantes de la circunscripción municipal, y  particularmente, si se concretan algunas acciones gubernamentales que devuelvan al poblado el preponderante rol que siempre tuvo en la época pre-colonial, como un estrecho nexo natural entre muchas poblaciones indígenas del norte de Potosí y los valles de Cochabamba, en pocos años, podría nuevamente asumir el rango de una estratégica población intermedia. 

En este contexto, de cambios vertiginosos y de rápido desarrollo local, nos referiremos al importante tema relacionado con la identidad regional y la manera heráldica de evocar a Capinota, como es el caso de los emblemas provinciales vigentes: escudo de armas, bandera e himno capinoteños.

Con esta intención específica, nos abocamos a la búsqueda de información sobre estos aspectos referidos a Capinota, recurriendo primero –al azar– a algunas librerías de la ciudad de Cochabamba, y entonces, quedamos realmente sorprendidos (por no decir estupefactos)  con los datos que se divulgan sobre la realidad económica, política y cultural de la “Provincia”.

Así, por ejemplo, se venden láminas impresas para escolares con datos totalmente disparatados e irrisorios, como la Lámina Nº 533 titulada “PROVINCIA DE CAPINOTA (POLÍTICO-TURÍSTICO)”, de Editorial Universo, en cuyo reverso se tienen recuadros explicativos subtitulados “Escudo y Bandera de la Provincia de Capinota”, que describen las figuras y donde se lee textualmente lo siguiente:

El escudo de armas está dividido en tres partes. En la parte superior se encuentra un sol de fondo con un montículo en el cual descansa una chola. Abajo en el sector izquierdo en un fondo tricolor se encuentra un papiro donde esta escrito una inscripción. A la derecha se encuentra un paisaje verdoso de la zona. En la parte baja del escudo se encuentra una rama de laurel y olivo, junto a una cinta tricolor. Arriba del escudo se encuentra una cinta celeste y blanco.”

“….La bandera de la provincia Punata está dividida en dos franjas. La superior de color celeste y la inferior de color blanco. El celeste representa el cielo puro de la provincia y el blanco en señal de paz.”   

Por otra parte, a su vez, la H. Alcaldía Municipal de Capinota, desde hace bastante tiempo atrás, viene haciendo gala de proverbiales improvisaciones, encargando impresiones de afiches, programas, e incluso invitaciones para festejos nacionales y locales con una variedad de diseños del escudo provincial que nada tienen de formales y menos todavía de oficiales.

No obstante de todo lo anterior, existe una versión del escudo de armas de Capinota que en los últimos años se la utiliza asiduamente y que aparentemente surgió por iniciativa del ex Alcalde Don Tito Azero Morales, quién habría  contratado por el 1981 los servicios de unos arquitectos de Cochabamba para el diseño de un escudo. Posteriormente, durante la gestión del Sr. Salomón Saba Pardo, el año 1988, su hermano César, tuvo la feliz ocurrencia de construir el escudo de armas, o su similar, en la ladera del cerro donde se sitúan las principales unidades educativas locales, al frente del Parque Abaroa. El emblema todavía se conserva en condiciones aceptables (a pesar del gamberrismo de los escolares que lo utilizan como tobogán).

El blasón de marras, el más comúnmente empleado por la Alcaldía capinoteña, es un escudo de forma inglesa, angulado con la cima prolongada en esquinas horizontales, y una punta inferior. Consta de tres divisiones o puntos: el punto de honor con un sol radiante que ilumina un racimo de uvas negras; el flanco diestro muestra un escrito sobre un rollo con la inscripción “Capinota 1º de Octubre”; y el flanco siniestro aparece con el cerro de Pokotaica, detrás del cual sobresale una chimenea para significar la industria cementera de Irpa Irpa; en las faldas del cerro se tiene un campo verde donde crece un árbol (probablemente un molle), y en esta ladera también se ubicó un cántaro que simboliza posiblemente la chicha o el guarapo como típicas bebidas del pueblo.

Para completar el escudo, debajo la punta inferior, a manera de divisa o emblema, se ubica una cinta con la tricolor nacional de la cual surgen, en arco, dos ramas: una de vid y la otra al parecer de laurel. En la parte superior encima del blasón, donde corresponde heráldicamente al timbre, se dispuso otra cinta, esta vez bicolor: celeste y blanco, colores que generalmente se reconocen como los de la bandera capinoteña.

Por su parte, el autor del presente artículo, cuando ocupaba el cargo de Oficial Mayor Técnico de la Alcaldía Municipal el 1994, y en ocasión de la remodelación total del Mercado Municipal, también tuvo la idea de diseñar otra versión del escudo de armas capinoteño, con elementos del escudo de César “Chechi” Saba P., y con esmaltes y figuras similares a las de un escudo existente en un edificio comercial de la ciudad de Puebla, México.

Este escudo está ubicado encima la entrada del Mercado, con propósitos meramente decorativos y se plasmó en una vidriera encargada a un especialista de este arte, cuyo taller de vitrales estaba cerca al Colegio La Salle de Cochabamba, por un costo aproximado de 400.-$USD. Este escudo, sin duda, ha contribuido a la vez a preservar los rasgos generales del escudo de 1981.

El escudo está hecho con piezas de vidrio de colores que se sujetan con tiras de plomo y se montaron en un bastidor de metal. El efecto de las vidrieras depende de la luz que dejan pasar a través de los cristales traslúcidos (arte de ‘pintura con luz’). De este modo, el escudo (vitral) es más impresionante desde el interior del recinto, o sea, desde la sala que inicialmente estaba destinada para reuniones rutinarias del Concejo Municipal (Ver fotografía adjunta).   

El popular basketbolista Chuncho Verduguéz posando a contraluz del vitral del Concejo Municipal

En suma, la forma, detalles, color, significado, elementos y tamaño del escudo de armas de Capinota han sido utilizados abusivamente a criterio y capricho de las instituciones y personas, sin que en su momento nadie diga nada, y peor todavía, con el silencio de las autoridades.

Pese al arbitrio anteriormente descrito, consideramos que el asunto debe merecer alguna preocupación, buscando oficializar un escudo que exprese la simbología de la Provincia, para lo que debe recurrirse a su propia historia. Lo mismo podemos decir con relación al escudo de armas boliviano, que sufrió una serie de distorsiones respecto del escudo original aprobado por una Ley específica; y, también, de la mayoría de los escudos de las provincias de Cochabamba y del país entero, que tienen escudos a cual más absurdo y sin el cumplimiento de las más elementales reglas de la Heráldica, ciencia que actualmente se constituye en auxiliar de la historia.

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Un sorprendente viaje de Capinota a San Pedro de Buena Vista

Por Antonio Rocabado Q.

A la distancia se aprecian las plantaciones de tumbo, en las afueras de Apillapampa

Al finalizar el pasado año 2011 y por razones de trabajo, tuvimos la grata oportunidad de realizar un viaje de sorprendente singularidad paisajística. El trayecto, que resultó una auténtica rareza desde el punto de vista histórico, cultural y magníficas panorámicas, fue recorrido en camioneta en unas 4 horas de travesía, partiendo desde la plaza principal de Capinota hacia el antiguo pueblo potosino de San Pedro de Buena Vista, actual capital de la provincia Charcas.

El típico paisaje de montaña comienza con un acceso en subida relativamente fácil de 20 Km, a partir de Yatamoco –-al frente de Capinota— hasta Apillapampa, ahora denominada “Capital del Tumbo” por la profusión de terrenos destinados al cultivo de esta deliciosa fruta. El progresista pueblo de Apillapampa fue un importante enclave aimara donde particularmente en sus alrededores prevalecen viviendas con tipología constructiva andina, y el pueblo mismo, adosado a una colina, resulta desparramado en tortuosas callejuelas empedradas. El sendero atraviesa el poblado por una angosta calle adyacente a su plazuela central, y se vienen  unos 15 Km de varias fatigosas cuestas y curvas que hacen el peor trecho de todo el camino, hasta alcanzar el sitio llamado Kallawi, donde existe un hito que se constituye en el límite territorial entre Potosí y Cochabamba. 

El paisaje se hace más intenso bajo el implacable sol del mediodía y su brillantez amenaza con enceguecernos. De la empinada ubicación de Kallawi comienza una formidable bajada para llegar a Iturata, un remoto tambo de aprovisionamiento forrajero de los viajeros en acémilas de la época colonial, que partían de Chuquisaca a Cochabamba o viceversa. Iturata se ubica en la confluencia de ríos que son las cabeceras del rio Sopo, el cual corre al norte hasta desembocar en el río Arque, en las inmediaciones del pueblo capinoteño de Sicaya.

Desde la bajada a Iturata puede divisarse el legendario cerro de Mallcocota, cuya mina tuvo su apogeo en la época colonial cuando los españoles explotaron oro y plata. La mina alguna vez tuvo también un ingenio minero para el proceso extractivo de los minerales. La afanosa explotación minera de plata por mucha gente ávida de mejor porvenir abarcó hasta fines del siglo XIX, y posteriormente sobrevino el abandono, aunque recientemente se habla de una intensiva reactivación de la explotación minera a cargo de inversiones extranjeras.

De Iturata el camino a nuestro destino final transcurre paralelo y en contracorriente al cauce de uno de los tributarios señalados, y después de recorrer 12 Km, llegamos al cruce con la carretera interdepartamental Uncía-Acacio-Anzaldo-Cochabamba, en un sitio cercano a la localidad de Sakani. Ya por el camino potosino, en buen estado de mantenimiento, a los 10 Km arribamos a otro cruce de caminos llamado Huaylloma, y allí, abandonamos esta plácida vía interdepartamental que prosigue en dirección a Acacio, al puente sobre el río Caine, y a la ciudad de Cochabamba. En Huaylloma tomamos el desvío y nos precipitamos por una prolongada pendiente de 30 Km hasta San Pedro de Buena Vista, que siempre quisimos conocerlo recorriendo este nuevo trayecto que sale de Capinota, y nos alegra la oportunidad de visitarlo nuevamente.

La carretera de acceso a San Pedro, está emplazada en el largo declive Norte-Sud que va más allá del poblado, y se recorre por la orilla oriental del curso principal del río San Pedro, emblemático de la zona, que más parece una gigantesca torrentera con numerosos conos aluviales de deyección de material denudado de las montañas aledañas, predominantes en todo el territorio. Esta vista general nos permite apreciar la imponente y típica topografía de la comarca. 

El autor frenta a la casa de la familia Rocabado en San Pedro, donde se imprimieron los primeros periódicos de la región

En San Pedro de Buena Vista todo tiene una historia, y no faltan rincones del pueblo que no escondan alguna fábula relatada por sus habitantes, por eso, para entenderlo y vivirlo también hay que escuchar. Y mirar.

Para nuestra buena fortuna, apenas llegamos a la plaza principal del pueblo nos encontramos con el Ing. Cándido Pastor, pariente nuestro y conocido sanpedrino considerado uno de los pioneros del Parque Tunari de Cochabamba, quien, casualmente, estaba en su tierra natal también ofreciendo su colaboración profesional a las autoridades locales.

El Ing. Pastor nos guió y relató varias historias antiguas de la zona, como el hecho de que San Pedro tenía importantes Estrados Judiciales donde se ventilaban pleitos resonantes de todo el norte de Potosí. Dada esta situación, era residencia de muchos abogados de renombre y su gente joven por lo general se marchaba a estudiar Derecho a Sucre. La actividad intelectual pudo ser notable, habiéndose, incluso, logrado disponer de una imprenta adquirida en Sucre por el Dr. Rodolfo Rocabado, en la cual, se imprimieron otrora varios periódicos locales (“El Sol”, “El Loro”, y “La Aurora”).

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