Remembranza

Ancho cauce del bravío Río Arque

Ancho cauce del bravío Río Arque

(Por Hugo Vicente Tapia Frontanilla, Periódico Opinión,1-10-09)

La experiencia de la niñez tiene elementos vivos, perdurables. En esa edad, vemos la naturaleza y el hombre en sus valores puros, así como se dan en nuestras percepciones y creencias, exentas aun de egoísmo y en el hermoso mundo que nos permite vivir y soñar. ¡La niñez se identifica, fundamentalmente, con el lugar de nacimiento!

Con los cerros, en cuyas cumbres empinadas posaron las plantas de nuestros pies desnudos y, por cuyas pendientes, nos deslizamos sobre ramas de arbustos, algunas verdes felizmente, como en rampas de cemento pulido de los parques infantiles modernos, y otras dando tumbos y retumbos riesgosos, irguiéndose al final héroes gloriosos, vencedores de los peligros más grandes.

Con los ríos, cuyas aguas, a su tiempo, discurren mansas y cristalinas o turbias y caudalosas, que los vadeábamos intrépidos o nos tendíamos en sus playas húmedas y ardientes, revolcándonos de barro o arena en la ficción de volver a la tierra de la que fuimos hechos.

Las provincias como mi amada Capinota, de donde soy, son para los niños paraísos inefables, en que los que la vida transcurre impregnada de alegría. Juegan los niños incansablemente el juego de la inocencia.

Grupos compactos, descalzos, con pantalones cortos, el rostro y manos endurecidos por el sol, el agua y la tierra, montados en caballos de cañahueca, reproducen batallas caballerescas, pero sin causar jamás dolor alguno en su níveo corazón.

¡El heroísmo de la niñez es el heroísmo de los ángeles que ganan batallas con amor y sonrisas!

Cuando apenas teníamos nueve o diez años, formamos un club deportivo cultural, que llevaba el nombre de nuestro Libertador Simón Bolívar, a quien lo matamos, primero por el abandono y olvido, y después lo veneramos.

Nos dedicábamos a competencias ecuestres. Las familias de Augusto Larraín, Ángel Ledesma y muchas otras poseían hermosos caballos de pura sangre árabe, cuyo pelaje relucía al sol y su energía les daba la figura de los clásicos corceles de las guerras púnicas, y montados en ellos, corríamos orgullosos por las calles empedradas, levantando chispas con sus herraduras. Jugábamos fútbol contra equipos de personas mayores y las más de las veces ganábamos gracias a nuestro ingenio deportivo y energía inagotable. Nuestra preferencia era la natación, o más propiamente cruzar los ríos caudalosos y bravíos, que corrían ruidosos, sobrecogedores por su fuerza y velocidad y las enormes piedras que arrastraban.

Lo que más llamaba nuestra atención y nos deleitaba eran los huertos de diversas clases de frutas y jardines con flores, que las exfoliábamos preguntando: “me quieres, no me quieres, poco, mucho, nada”.

Los niños satisfechos de haber labrado el portentoso retablo de la felicidad, en las noches, nos sentábamos en el balcón de los ensueños, para buscar en la bóveda azul del cielo la escala vertical que nos permita subir cada día más alto.

Al despuntar el nuevo día, se reproducía invariable la gran fiesta de color y música, símbolos de esa maravillosa edad.

Hoy, que este hermoso pueblo de Capinota celebra un nuevo Aniversario de Fundación, le ofrezco en estos eglógicos recuerdos mi amor auténtico y mi lealtad.

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