Archive for noviembre, 2012

Semilla de betarraga made in Capinota

En la inauguración de la Segunda Feria de la Semilla de Hortalizas, en Playa Ancha, las autoridades nacionales anuncian el lanzamiento de la semilla de betarraga Caperucita

En el Día de la Semilla de Hortalizas, que se ha instituido cada tercer domingo de noviembre, en la comunidad de Playa Ancha, fue anunciado el lanzamiento de una nueva semilla nacional mejorada y producida en Capinota, lo que nos llena de orgullo.

Capinota es uno de los máximos productores de hortalizas en el país, y el primer productor nacional de semillas de hortalizas. El hecho se debe a su inmejorable clima y a la acción y el trabajo fecundo del Instituto Nacional de Innovación Agropecuaria y Forestal (INIAF). En la ocasión el INIAF Informó que ya se encuentra registrada esta nueva variedad de betarraga denominada “Caperucita”, de alta calidad y bajo costo, se la puede cosechar hasta cuatro veces al año, con un rendimiento de 20 a 30 toneladas por hectárea; el rendimiento nacional promedio es de cinco toneladas. La variedad Caperucita es el resultado de ocho años de investigación en terrenos capinoteños, tiene la forma redondeada, de color externo e interno rojo intenso,  su follaje es moderado en cantidad y de color verde purpúreo. El peso de la raíz es de 200 a 250 gramos.

La betarraga está entre las hortalizas más importantes en la dieta diaria de los bolivianos por sus altos contenidos de vitaminas, minerales, proteínas y carbohidratos, tiene una superficie cultivada de 651 hectáreas, que producen 3.241 toneladas. Junto con la cebolla, zanahoria, tomate, lechuga y el zapallo, es de las hortalizas más consumidas.

La betarraga producida con la semilla Caperucita tiene inmejorables condiciones productivas y de palatabilidad

En Bolivia, existen aproximadamente 2.400 hectáreas de hortalizas sembradas, la mayor parte en nuestro Departamento. Cochabamba aporta al mercado nacional con el 90% de las hortalizas y aporta con el 12% de semillas certificadas. Dentro del Departamento,  Capinota es la primera región productora de hortalizas y la primera en semillas de hortalizas.

Ponderamos la acción del INIAF y la realización de ferias productivas como la mencionada, donde se promueven productos locales que incidirán de manera positiva en la seguridad alimentaria del país. Según personeros del INIAF en la actualidad cuentan con 500 kilos de semilla listos para ser comercializados a un costo de 110 bolivianos por kilo, 50 bolivianos menos que la semilla de betarraga de importación. Una buena noticia para los agricultores locales y para quienes quieran probar las cualidades de esta nuestra nueva semilla.

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Tradición y recogimiento en la fiesta de los Difuntos

Como toda víspera de la fiesta de los Difuntos acudí al cementerio. Eran las veinte horas y el cementerio estaba a tope. Todo el pueblo se había volcado a rendir tributo a sus parientes y amigos que los antecedieron en la otra vida. Todas las tumbas tenían sus velas, aún aquellas que no tenían parientes en ese momento. Es curioso, pero en Capinota nunca falta algún amigo o ahijado que se acuerde del muerto y le ponga una vela y, tal vez, una flor o le ofrezca un brindis de rica chicha.

Puse las velas en la tumba de los míos. Con recogimiento los recordé y me alegré porque estuvieran allí, entre tanto conocido. Después di una vuelta por el cementerio para ver aquel acontecimiento en la noche más linda del pueblo. Es, también, una buena ocasión para saludar a amigos que están en la misma faena que uno. Se escuchaba música, pero no porque se quiera fiesta, sino para brindar con los muertos y ofrecerles sus canciones preferidas. Por lo demás, es lindo que te recuerden con música, después de todo es más positivo que el dolor y el llanto. Varios conjuntos y bandas estaban presentes, incluso un desorejado mariachi.

Muchas tumbas remozadas, algunas en el suelo, pero se nota que vuelve la tendencia a enterrarse en mausoleos familiares. Vimos mausoleos nuevos, con luces y mucho brillo de vidrio, en los que se escribe con letras de molde el nombre de la familia a la que pertenece. En algunas tumbas fuimos invitados a beber alguna tutuma de chicha, que aceptamos siempre por el cariño con el que se manifiestan. No había viento. Nos alejamos del cementerio viendo cómo las velas se consumían sin apagarse. Vi por última vez las rosas rojas que dejé a mi padre. Se que estaría contento de saber que eran de su propio huerto.

Al día siguiente comenzaron las visitas a los mast’akus. En la ocasión sólo visitamos tres, de los más conocidos. En cada uno de ellos rezamos, guiados por viejos conocedores del ritual. Como siempre fuimos convidados con copitas de vino dulce y alguno que otro coctelito de colores. A la salida nos regalaron platillos de t’anta wawas, maicillos, biscochuelos y otras masitas dulces que son la retribución por nuestros rezos. El segundo mast’aku estaba lleno de gente. Ni bien entramos nos invitaron un plato de uchucu, que es el plato que se sirve en la ocasión. El uchucu tiene fama de ser el plato nacional aiquileño, pero, en realidad se lo sirve en todo el valle, especialmente en las fiestas de Todos Santos. Es un ají de carnes, que puede tener pollo, res y lengua, y viene acompañado con papas, chuños, arroz y fideos, todo rebalsando el plato, como para no dar crédito que aquello pueda ser consumido por un solo comensal. Pero en materia de comida, el cochabambino todo lo puede. He visto a algunos rezadores comerse hasta tres uchucus en su periplo de oradores compungidos.

Dejé este mast’aku para irme al mast’aku preparado por segundo año consecutivo para Filomena Enríquez, por su familia y, en especial, por su marido Willy Terceros. Tenía un compromiso con ellos, porque el año pasado fui nombrado “compadre” y, junto con mi mujer, recibimos a la t’anta wawa más grande en una llijlla, que este año la pasamos a otra pareja de compadres. Era una responsabilidad moral y espiritual y no podíamos faltar al acontecimiento final, antes de la levantada de la mesa. Consistió en rezar por todos los difuntos de los que los presentes tuvieron memoria. Estimo que fueron sesenta, lo que significó rezar un padrenuestro y dos avemarías por cada difunto. Tuvimos que hacerlo con dos pausas para refrescarnos y aclarar la garganta con rica chicha fresca, con un poco de helado de canela (garapiña). Finalmente, rezamos por todos nuestros difuntos y quedamos tranquilos por ellos. Los parientes y algunos comedidos levantaron la mesa. Regalaron todas las masitas y comida que quedaba y “volcaron la mesa”. El espíritu de los difuntos había vuelto al cielo y es mejor que la mesa esté volcada, para que no haya más muertos en la familia en este año.

Después de este ritual tradicional comimos un nuevo uchucu, el más suculento que haya comido en los últimos tiempos, digerible únicamente gracias  a que fue regado con chichita nueva, algo de cerveza y un guarapo que Willy había guardado para la ocasión.

Para la sobremesa, los hombres se pusieron a jugar rayuela en un adobe de plomo, comprado en La Cancha, mientras que las mujeres platicaban quedamente y con aire de satisfechas.

Alrededor de las seis de la tarde, se fueron al cementerio nuevamente, llevando todas las flores que quedaban. Dicen que no debe quedar ni una en la mesa o en la casa, todo pertenece al difunto.

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